martes, 5 de noviembre de 2013

«El cóndor de la pluma dorada», de Blanca Miosi

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Siempre me emociona leer libros donde se nota el esmero del autor por documentarse bien y a fondo, y que de todos modos tenga su propio enfoque y estilo. Quizá a algunos les moleste el anacronismo de estos personajes, comportándose como cualquier reparto de telenovela.

Pero ya lo dijo Orson Scott Card, cuando hablaba sobre su famoso «Ender's Game», que la verdad verdadera del mundo mundial no se encuentra en el texto, ni en las ideas y vivencias del autor que no quedaron traducidas en letras, ni en la lectura del público que acarrea sus propias expectativas y necesidades, sino en la interacción de esos tres factores. La verdad sobre los incas es la realidad que siempre falta retratar en cualquier libro de historia: los grandes héroes y líderes planean y actúan, y aún así el destino de todo un pueblo puede girar sobre los caprichos de una ama de casa o de un obrero, ya que la concatenación de esas ambiciones nimias e insignificantes puede descarrilar hasta a la gran locomotora del destino de un pueblo. Así lo expresó Frank Herbert, y así lo retrata Blanca Miosi en esta novela, que más bien parece una carta de amor llena de melancolía, dirigida a todo lo que pudo ser.

Acostumbro leer varios libros al mismo tiempo, pero llegado a cierto punto de la historia, tuve que hacer a un lado el resto de mis lecturas para disfrutar como es debido de esta novela.

D

«Dimitri Galunov», de Blanca Miosi

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Podría decirse que este libro pertenece a la corriente de la ciencia ficción «suave», ya que trata más que nada sobre las diferencias entre dos grupos humanos: los presentes y los futuros. Quizá a más de uno le cause un poco de comezón entre las cejas el acercamiento tan simplificado del viaje en el tiempo y la sociedad futura.

Pero este libro no tiene como enfoque ese enamoramiento con los detalles tecnológicos tan común en las historias de ciencia ficción «dura», sino más bien explora las relaciones entre los personajes que la integran.

Podría uno argumentar que una sociedad futura tan avanzada como la que Blanca Miosi retrata en este libro es para todo fin práctico ajena a la condición humana actual, de manera completa y total. De que fuera posible viajar al pasado, un viajero en el tiempo pudiera retroceder apenas unas cientos de años al pasado y llegaría a encontrar un mundo alienígena y confuso al que no podría adaptarse; cuánto más si fueran miles de años… Pero creo que el logro principal de esta novela es argumentar de manera entretenida y ágil que la condición humana sufre pocos cambios en sus fundamentos, y que cosas como la esperanza y el amor no conocen el paso del tiempo.

Pasé un rato agradable las pocas horas que me tomó leer este libro hasta su final. Dicha lectura rápida no fue por prisa, sino por la habilidad de la autora al escribir una trama que arrastra de las solapas al lector y se lo lleva a rastras, desbocado, hasta llegar al desenlace.

D

domingo, 20 de octubre de 2013

¡Más de 25 000 visitas al blog!

Agradezco a todos los que han tenido la amabilidad de pasar al blog. Espero contar con su presencia otras 25 000 ocasiones.

Esto me inspira a escribir una divagación filosófica… Ya regreso al rato.

D

sábado, 5 de octubre de 2013

Coqueteando con la Pedantería

Coqueteando con la Pedantería

El señor zoquete, antiguo compañero de foros literarios, tuvo la gentileza de publicar una reseña de mi novela, Mister N. En ella, expone con amabilidad uno de los puntos más débiles de esa publicación: la segunda parte de la novela tiene una densidad idiosincrásica que puede resultar apabullante… Aunque es posible que simplemente sea la organización torpe del material, de parte del autor de la novela.

Juro que pensé indispensable esa estructura de la segunda parte, para evitar revelar demasiados secretos antes de crear un buen nudo dramático en la novela. Aunque confieso que me divirtió bastante configurar semejantes laberintos. ;)

Agradezco mucho la amable lectura y la reseña.

D

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Así se me va la vida

Aposento hay en el alma, refugio fuerte,
donde uno sane rancios amores…
hasta el próximo.

Dije con cautela; hablas sin tapujo;
aun así pareciera desmán:
la mejor defensa, mi mudez.

Y cada rosa en mis manos solo sabe de púas;
y así se me va la vida:
intuición que te irás aína.

Pero que mi afonía te haga partir, sería ingente yerro;
por lo tanto, te comparto aquel aposento
y he aquí mi alma, saja al gusto.

Y por eso aprieto los ojos —igual me da, con todo lo visto—
y así se me va la vida,
y eres la única que lo sabe.

Prefiero entonces tu compañía, si se me permitiera el voto;
pero también la decisión es tuya
y he aquí mi alma, saja al gusto.

D




lunes, 9 de septiembre de 2013

«Hondo vacío», de Fernando Castellano Ardiles

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Confieso que me choca un poco cuando alguien describe un texto como «cinematográfico». Hágame el bendito favor: ¿a qué se refiere? Lo digo porque para mí algo cinematográfico es lo que tiene descripciones toscas y diálogos melodramáticos, y que solo sabe demostrar sensibilidad en lo visual.

No, yo opino que textos como el de esta novela no son cinematográficos, sino que son ágiles y solo conducen a la meditación hasta haber recorrido a paso raudo el sendero delimitado por el autor. Uno se afianza al protagonista y al antagonista y realiza la travesía narrada de principio a fin. Es al recordar lo leído que uno tiene tiempo para pensar con deliberación dónde se conectaron las letras leídas con el alma propia.

Al señor Castellano lo he conocido desde hace tiempo en foros literarios y en blogs. En mi opinión, sus textos siempre tienen un dejo de mexicanismo, aunque en tiempos más recientes haya adoptado un español más internacional. Junto con esa idiosincrasia al relatar las cosas, Castellano también tiene la facilidad de narrar desde un punto de vista…, digamos que «inocente», por no saber describirlo mejor. Es difícil para muchos autores no contaminarse a sí mismos con el conocimiento previo de lo sucedido y lo venidero en su propio relato, y siempre se les nota un aire de superioridad o de jactancia al revelar los hechos pertinentes a la trama. Fernando no lo hace así, sino que pareciera que hasta a él mismo lo sorprenden y emocionan las revelaciones de su propia novela.

De los detalles que más disfruté de esta novela, está la idea –que comparto y hasta he escrito al respecto en mis propios cuentos— de que la educación escolar tradicional es deficiente en su aplicación, y abandona a la individualidad de los pupilos. Me gusta también el concepto general de la novela, de que nadie sabe a dónde va si no conoce de dónde viene. Hay hondos vacíos en el alma y, aunque muchos nunca sanen, la única manera de alcanzar la plenitud en la vida es a través del contacto humano, y del afecto que se da y se recibe. Para mí, esto último es lo mejor que se puede aprender de la novela Hondo vacío.

D

domingo, 18 de agosto de 2013

Apología: Mister N

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Dice en la nota del autor: «Cuando escribí este cuento, era para mis niños y bla bla bla…».

Bien, es cierto que la primera parte de este libro lo escribí con mis hijos en mente. Pero desde esos entonces, ya había estado pensando en incluir conceptos que me rondaban en la cabeza sobre la epistemología, el existencialismo, la burocracia y el escepticismo, por mencionar unos pocos. También en esos entonces había estado leyendo sobre la teoría de Miguel Alcubierre sobre el viaje más rápido que la luz con propulsión warp, sobre la paradoja de Einstein-Podolsky-Rosen y sobre la energía de punto-cero. Obvio, que muchos de estos conceptos quedaron incrustados en este cuento que se supone era para niños.

También, desde la primera parte ya estaba ensayando un poco en escribir una narrativa fracturada entre el presente y el pasado. Esta estructura me inspiró a llevarla a sus extremos en la segunda parte, El viaje en Trineo. Consta de tres secciones bien definidas: el pasado muy lejano, de hace más de diez mil años, que cuenta la tragedia de los Espacialeros y el papel que el Trineo jugó en ese desastre; el pasado en la vida de Niklavs, en el cuarto siglo de nuestra era; y los raros sucesos de este último año en curso. Fue necesario contar las tres tramas al mismo tiempo para evitar desvelar demasiado pronto algunos puntos importantes que dan mayor peso al nudo dramático, y que colocan al desenlace como una posibilidad congruente con el resto del relato.

Los temas subyacentes de la historia son varios y muchos de ellos complejos, que requerirían ensayos completos para desarrollar el tema plenamente. El reto era incluirlos en un relato «para niños» de la manera más natural posible. Por ejemplo, el lector debería llegar a entender que la comuna de androides alienígenas, los El!kves, sirven de alegoría de la experiencia humana actual en las sociedades occidentales modernas. Trabajan sin cesar, obedecen a una autoridad que no les queda claro en absoluto si tiene sus mejores intereses en mente y que no es fácil de identificar, y pasan los días con la única esperanza de alcanzar el siguiente orgasmo. Van de distracción en distracción, realizando labores nimias, inundados de un desasosiego por no conocer su propósito real en la vida, sin siquiera poder articular estos pensamientos para sí mismos. Su tragedia mayor es que no son sino el reflejo de la personalidad de Niklavs, y su ansiedad por no saber sus orígenes ni su destino proviene de las inquietudes comunes de un ser humano. Niklavs se ha convertido en el ícono de su angst, pero en lugar de deificarlo, lo han convertido en mera mascota.

¿Qué decir sobre Niklavs? En esta novela me esforcé por lograr humanizarlo, sobre todo al reducir los milagros por los que es famoso a una talla más prosaica y menos divina. Era importante mostrar que, a pesar de que todos esos milagros que se le adjudican se han reducido a sucesos verosímiles, Niklavs tuvo esos logros por decisión propia y porque sus intenciones eran nobles. Creo yo que una vez despojado de ese manto de misticismo, es posible ver a Niklavs como un héroe mayor que cualquier santo. Es con ese personaje con el que más exploré los conceptos del existencialismo y el humanismo, sin olvidar ni un momento que Niklavs sí operaba desde un punto de vista religioso y de fe.

También exploré en esta novela el concepto de la persistencia de la memoria, y cómo define la creencia de que los humanos son más que la simple suma de sus partes: cada humano existe en la intersección de sus memorias con la realidad. Una versión simplificada de este concepto es el surgimiento del Transporte como entidad nacida de la concatenación de agentes emergentes en sus procesos computacionales. Me parece que la cognición, una vez alcanzado cierto nivel de complejidad, invariablemente conduce a la conciencia.

Existen todavía otros cuantos temas esotéricos que intento explorar con esta novela, pero lo más importante para mí, como escritor, era crear un texto ágil y divertido, que hiciera a los lectores perdonarme por tanto meningitismo pretencioso. Creo haberlo logrado, hasta cierto grado. Como despedida, les voy a revelar un «huevo de pascua virtual» sobre la novela. McCammy, el «PiratElfo», a pesar de ser tan chocante y nunca cooperar con el resto de la comuna, tiene uno de los mayores rangos. El número uno es McElroy, el líder. El dos es McColm, jefe de seguridad. El cuatro es McEnnis, el chef. Pero McCammy, el grosero, es el número tres. ¿Qué trabajo tiene en la comuna? La única pista sobre esto aparece en la segunda parte de la novela.

Respuesta: McCammy es… ¡el adjunto de seguridad! Háganme el favor… A buen árbol se arriman los pobres elfos.

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viernes, 9 de agosto de 2013

Primera reseña para «Mister N»

El autor Manuel Navarro Seva tiene un don especial: sabe dilucidar el meollo del asunto. Sin más, es una aptitud que personas como yo no tenemos. Muchos nos andamos por las ramas y nos distraemos con las apariencias.

En la reseña que Boris Rudeiko (seudónimo de Mister Navarro) hizo de Mister N, nos pregunta si el libro es para niños. «Sí y no», contesta. Fabuloso, porque es exactamente así: es un libro para todos los niños, sin importar su edad o qué tan adentro de los años vividos exista dicho niño dentro de uno.

Los invito a que pasen por el blog de Boris Rudeiko, para que puedan leer la reseña completa.

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domingo, 4 de agosto de 2013

«Cuentos bajo el fuego», de Edgardo Benítez


Cuentos bajo el fuego, de Edgardo Benítez

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Fue una muy grata sorpresa leer este libro de Edgardo, que conocí en foros literarios primero y luego en las redes sociales. Digo que sorpresa porque yo anticipaba un libro de relatos similares a los que recordaba haber leído antes con su firma, pero no en vano han pasado los años, y las cualidades innatas de escritor han florecido en ramilletes fragantes y de colores vivos, mientras que las ocasionales transgresiones contra la santa RAE se disuelven en el fondo del lago del olvido.

Para comenzar, debo confesar que no estoy de acuerdo con el prólogo. Comprendo que es una apreciación personal de la autora del prólogo, pero su comentario me predispuso a pasar por los cuentos con una actitud distinta a la que se asentó en mí al final de la lectura: mientras que el prólogo me aconsejó a pasar por cuentos rebosantes de imaginación extravagante, la realidad de la lectura me dejo felizmente atónito ante cuán cerebral resultó la experiencia completa.

Hubo dos indicaciones de cuánto disfruté de este libro. Para comenzar, hoy en la mañana me disponía a dormir (trabajo de noche), cuando pensé en hojear el libro de Edgardo. Vi el índice y pensé que me tardaría unos días en leer veintiún cuentos. Pero media hora después maldecía mi suerte, porque setenta y pico páginas se me hicieron pocas. A falta de más, tuve que leer de nuevo los cuentos que más me gustaron. No voy a comentar uno por uno aquí, pero quiero dejar constancia de que, cuando finalmente concilié el sueño, la cebra insistía en apoderarse del edredón.

La segunda indicación de que me gustó este libro es algo menos personal, pero más subjetivo. Cuando puedo hacer comparaciones con los íconos culturales modernos, quiere decir que algo me gusta… Claro, a menos que esté siendo irónico, pero no es el caso aquí. Recuerdo que Stephen King escribió sobre su libro Pesadillas y alucinaciones (Nightmares & Dreamscapes) que en su familia se hicieron un reto para que cada uno de ellos eligiera una ilustración que inspirara un cuento. Bueno, todo lo contrario me sucedió con los cuentos de Edgardo: sus cuentos me rellenaron las meninges de imágenes estrafalarias, que entre más incoherentes y descabelladas, más se parecían a mi vida personal.

Las imágenes bonitas que Edgardo me pintó en las sienes se parecen más bien a las vidas ajenas…

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sábado, 3 de agosto de 2013

«Nevsky Prospekt», de Manuel Navarro Seva


Nevsky Prospekt, de Manuel Navarro Seva

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No me gustan las autobiografías. Siempre me parecen trabajos de ficción con aspiraciones a melodramas televisivos. Me parece que siempre tienen motivos ulteriores, y por eso me imagino que solo dicen la mitad de lo que sucedió en realidad y se inventan la otra mitad, dando como resultado que en realidad no existe semejante autobiografía, sino solo alguna caricatura de mal gusto.

Tampoco me gustan los libros de viajes. La perspectiva general es el comercialismo y la ostentación, ya sea al pregonar los sitios turísticos de más alcurnia o los ardides más descabellados para recorrer continentes completos en el menor tiempo posible y de la manera más económica posible, y poder presumir de ello, sea lo primero o lo último.

Lo curioso es que este libro sí me gusta, con todo y que es autobiografía y libro de viaje, con sabor a relato corto. El autor tiene razón al dudar si es una novela o no, porque no lo es, en el sentido más estricto de las definiciones literarias: es demasiado verosímil y personal como para que se le considere ficción. No obstante, las divagaciones personales y las descripciones casi monográficas de St. Pete son demasiado caprichosas como para ser útiles como simples guías para viajeros. Es entonces esa cualidad iconoclasta que se engulle al lector completo, casi sin su consentimiento.

Los que hemos tenido la suerte de conocer a Manuel Navarro Seva en foros literarios, sabemos del estilo peculiar y envidiable de sus textos, que saben existir completamente en el presente, y de su ojo microscópico para los detalles cotidianos que a muchos se nos escabullen fugaces en la memoria. Esos cuentos siempre me dieron la impresión de ser un estilo de ensayo existencial al mismo tiempo de impartir lecciones morales de contrabando, de manera subliminal, casi.

Lo que más me impresiona es la manera sutil y casi desenfadada con la que Manuel puede transmitir ese abismo de soledad de quien ha sido desarraigado de sus pagos queridos y transplantado por completo a sitios desconocidos, sin siquiera el consuelo de un lenguaje común para amainar la inevitable murria por patria y hogar. Como lector, uno vive y sufre esos largos meses junto al narrador, sin dificultarse en lo absoluto proyectar los propios miedos y ansiedades por lo desconocido en las letras de Manuel.

Quizá algún lector se sienta insatisfecho de no encontrar sucesos tremebundos o trascendentales, o un desenlace a ritmo de Micheal Bay. Pero quiero decirle a esos lectores que, al igual que un viaje verdadero, lo más importante de este libro es el trayecto recorrido al lado de Manuel, y el destino final es solo otro punto en el itinerario.

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