Érase que se era, en alguna otra ocasión… Y en nuestro cuento apenas se establecía la escena cuando decidiste cambiar de página. Yo también tomé algunas decisiones en esos entonces, cuando hacíamos lo que creíamos obligado. La ironía: que aún estemos obligados pero sin creer en nada.
En ese érase de entonces yo estaba convencido de conocer nuestro desenlace. Quizá estaba equivocado: la inspiración de ese momento se esfuma, se esfuma… Fuere aún nuestra época, imaginaría doblegar hasta a Kronos mismo, pero mis fuerzas amainan y, soberbio él, nos pasa de largo, llevándose lo bueno que hubiera y dejando aquí apenas sombras.
Sea, entonces:
Amaremos.
Viviremos.
Daremos lo que podamos y tomaremos lo poco que merezcamos.
No lo
puedo creer todavía: me han cateado el equipaje y confiscado el móvil y la
laptop. Me aseguran que al final de mi contrato me los regresarán. Y me
recordaron que accedí a esto como parte de las condiciones del contrato de un
año… Es cierto, firmé el contrato, pero no pensé que fueran tan estrictos, a
pesar de página tras página de estipulaciones raras, que pareciera que lo que no
era obligatorio estaba prohibido. Buena suerte que se me ocurrió esconder mi
grabadora digital y el paquete de tarjetas de memoria SD en el sostén, que si
no…
Han pasado varios días desde que
llegué al islote al norte de Porto Sol, pero no había tenido tiempo de grabar
mis notas. El trabajo es duro. Aunque se supone que nos contrataron como
domésticas, hasta el momento no he visto señal alguna de que el patrón o
patrones vivan en el islote. Si hubiera alguna mansión al otro lado del islote,
no la he visto, y ninguna de las muchachas se ausenta del Complejo durante las
horas laborales. El Complejo es una especie de campamento sobrevivencialista.
Hay un edificio central de tres pisos. Allí están las aulas, la cocina y el
comedor, el almacén, la enfermería y toda la planta baja es un gimnasio.
Alrededor del edificio central hay veintitrés diminutos dormitorios en forma de
cubo. Hay células fotoeléctricas por todos lados y sobre todo techo, y varios
tanques de recaptación pluvial. Tenemos una huerta, un gallinero y varias
cabras. Rumbo a la playa hay una explanada con muchas columnas de varios
tamaños, que no parece tener ningún propósito, aunque las muchachas a veces
pasan su tiempo libre caminando alrededor de la explanada, en silencio. Nadie se
adentra entre las columnas, porque dicen que allí vive Karesansui. He preguntado
quién o qué es, pero nadie contesta y solo bajan la mirada. Hacia las antiguas
grutas sagradas, hay una casucha desvencijada. Allí vive el único hombre en toda
la isla. Tiene aspecto de vagabundo, vestido en harapos y suciedad, y cojea
encorvado sin rumbo por el islote. Nunca nos molesta, y me dicen que tenemos
ordenado dejarlo en paz.
Otra vez han pasado varios días. Como
decía, el trabajo es duro. Mi período de prueba es de seis semanas, con la
promesa de dos semanas libres al final. De pasar la prueba, tendré luego una
semana libre por cada tres de trabajo. Suena generoso, pero no sé si sea
suficiente: los turnos son de doce horas, los siete días de la semana. Pasamos
las primeras dos horas de cada turno en las aulas, aprendiendo sobre la
construcción de viviendas eficientes, la plantación y cosecha de frutas y
verduras, la mayordomía de animales de granja, la improvisación de herramientas,
la cocina de plantas silvestres… Pareciera que nos están adiestrando para
sobrevivir el Apocalipsis de los robots zombies nazi que son hombres lobo y
vampiros, o algo… Luego, todas ayudamos a cocinar, limpiar, arar la huerta,
cuidar a las gallinas, arrear a las cabras y demás menesteres por ocho horas.
Las últimas dos horas del turno laboral son las peores. Entrenamos por dos horas
completas el Krav Maga y el Método de Pelea Keysi. No me jacto de ser de calibre
olímpico, pero he practicado Tae Kwon Do y Kuk Sool Won por diez años y creí que
podía defenderme… Ninguna de las chicas son principiantes en estas nuevas
disciplinas, y el nivel de ferocidad y agresión es algo que nunca había
imaginado. Me dicen que la diferencia es que yo practicaba un deporte, mientras
que ahora practicamos a sobrevivir. Tengo cardenales por todos lados, y al final
de cada turno casi me tengo que arrastrar hasta mi tapete y han sido pocas las
noches que no me arrullo a sollozos.
¿Que quién nos entrena en todo esto?
Nadie, en realidad. Hay materiales audiovisuales para todo, y hay varias
muchachas que han renovado su contrato y llevan aquí dos o tres años. Fungen
como guías en nuestras tareas y Nana pareciera ser la líder. Dicen que este es
su quinto año en el islote. La única novata aquí soy yo, aunque hay otras chicas
que apenas están en su primer año… No me imagino quién quisiera vivir en estas
condiciones más de un año… Y ahora me recuerdan que las condiciones del contrato
estipulan que no puedo viajar fuera del islote hasta pasado el año, y que no me
pagarán hasta el final del contrato. Insisten en que me compensarán por toda
hora extra trabajada más allá de cuarenta horas semanales, y que además me
pagarán los intereses a tasas bancarias por haberse quedado mi dinero ese
tiempo, como si hubiera estado guardado en el banco. Suena bien, considerando
que me están proveyendo el hospedaje y la alimentación, aunque solo me paguen el
sueldo mínimo… No sé, a lo mejor es un buen trato, pero yo tengo otro propósito.
Voy a averiguar qué le sucedió a mi hermana.
Ya casi completo mi período de
prueba, pero ahora las muchachas me rehuyen un poco. A lo mejor las abordé
demasiado con mis preguntas. Cualquiera de ellas que esté en su segundo año de
seguro sabe algo al respecto, pero nadie quiere hablar… Ayer Nana vino a decirme
con esa sonrisa ladeada suya que me choca tanto que pronto se terminará mi
período de prueba, pero que tendré que enfrentar dos retos si quiero que me den
el trabajo de planta. No me dijo de qué se trataba, pero me dijo que me
preparara y que juntara fuerzas. Ya veremos… Aunque creo adivinar uno de los
retos, por lo que me contaron las chicas antes de que empezaran a aplicarme la
ley hielo. Todo este tiempo he estado durmiendo en un rincón del almacén, porque
dicen que cuando se va alguien, desmantelan su dormitorio para que la novata
tenga que aprender a construir un albergue. Supongo que me voy a gastar mis dos
semanas libres construyendo mi propio cubo. No parece tan complicado, pero voy a
necesitar ayuda. Creo que voy a tener que rogar hasta de rodillas para que
alguien me ayude en sus horas libres… Ah, otra cosa rara sucedió: la semana
pasada el vagabundo llegó a varios pasos de distancia y se me quedó mirando.
Nana vino para explicarme que, cuando él tiene hambre, se le acerca a alguien y
esa mujer tiene la obligación de conseguirle comida en las cocinas. Así lo
ordenó el patrón, parece. Fui a conseguirle comida y regresé para entregársela.
¡Oh, cielos, qué aroma! Ese señor de seguro se zambulle en aceite rancio de
pescado, se seca al sol y se restriega los sobacos con el culo de las cabras.
Nana y su babosa sonrisa ladeada me informaron un rato después de que, como solo
cocinamos cantidades exactas, esa tarde me quedaría sin cenar. Zorra de marras…
y maldito bastardo, que ha venido cada día a pedirme de comer.
Acabé de construir mi dormitorio con
un día de sobra. Quien diseñó estos cubos es un genio. Es de tres metros de
largo, tres metros de ancho y tres metros de alto. Parece poco, pero cabe una
salita, gabinetes, cocineta, retrete de compostaje, regadera de aguas pluviales
y una cama doble. Y no se siente una apretujada para nada. Cuenta con su propia
electricidad, generada por las células fotoeléctricas que forman su techo, así
que ahora tengo aire acondicionado y calefacción. Me siento como si viviera
entre el lujo más exorbitante y… Suena la puerta, luego vuelvo, que veo por la
ventana a Nana, acompañada de Pati y Salomé, las más fortachonas entre nosotras.
Esto no tiene buena pinta…
—Quítate la venda, pero permanece
arrodillada.
—¿Dónde estamos?
Parece un dojo, como en las películas de Kung Fu… Ah, je je
je…
—¿Qué te parece gracioso?
Supongo que ríes por los nervios: puedo verte temblar, hasta el mentón te
tiembla.
—Tiemblo porque Nana y
sus compinches me vendaron los ojos y me forzaron a caminar entre las columnas
de la explanada, sin explicarme nada, y ahora me encuentro secuestrada en un
sitio desconocido, enfrentándome a un puto ninja vestido de negro, con todo y
capucha y máscara Kabuki. Río por lo ridículo que te ves, sin importar que seas
como un metro más alto que yo.
—Bien. Veo que intentas controlar tu temor y
atacas con tus palabras. Haces bien. Mira alrededor: este es el karesansui,
donde siempre queda un elemento escondido. Aquí traemos a las novatas para
comprobar que hayan aprendido bien sus lecciones y se sepan defender de un
atacante. Aquí veremos si todavía tienes algún elemento escondido. Quizá si
revelas tu misterio, al fin seas libre…
—Mira, mi pequeño saltamontes, no me salgas con
pavadas. ¿Que no sabes que toda mujer siempre guarda un secreto?
—Tu coquetería no me distrae. Te ofrezco un
trato: si logras darme un puñetazo en la cara, contestaré tus preguntas. Te diré
lo que le sucedió a tu hermana.
—¿Cómo sabe de…?
—¡Defiéndete!
Cuando por fin recuperé la
conciencia, estaba tendida a medio dojo. Exploré con la lengua a ver si no me
faltaba algún diente, pero solo encontré el labio partido y probé la sangre que
me tenté sobre ceja y los pómulos. Seguro que en un par de días me voy a parecer
a Rocky Balboa… Pero el puto ninja abusón mantuvo su palabra. Después de
propinarme puñetazos, patadas, piquetes de ojos… carajo, que hasta me aplastó
una teta de un cabezazo, cuando sentí que ya no podía más, me lancé a sus
rodillas, intentando derribarlo. Sentí sus brazos de acero cerrarse sobre mi
cuello, y presa de la desesperación, tiré una patada como alacrán, hacia atrás y
hacia arriba. Mi pie hizo contacto con su máscara, y la sentí partirse. Sus
carcajadas descendieron conmigo hasta la inconsciencia. Una vez que desperté y
me cercioré de que no tuviera nada fracturado, me senté y pedí explicaciones. El
ninja misterioso también se sentó frente a mí, en el suelo, y pude ver un ojo de
rasgos orientales mirarme a través del trozo quebrado de su máscara de diablo.
«Tu hermana era Briseida Gómez, ¿cierto?», me preguntó. Asentí con la cabeza. En
ese momento me quedó claro que el vagabundo de la isla era este mismísimo ninja.
Buen disfraz para pasar desapercibido y enterarse de todo… Dijo: «Primero dime
por qué estás aquí, en mi islote». Le conté sobre cómo Briseida y yo crecimos en
las favelas de isla Vulcanus hasta que nuestra madre nos vendió a una agencia de
adopción clandestina, quizá para tener unos cuantos pesos y comprar más drogas.
Estuvimos en varios hogares sustitutos hasta que me adoptaron y fui a vivir con
una familia en Porto Sol. De Briseida no supe nada hasta que hace un año comencé
a hacer investigaciones. Pude rastrear a Briseida, que regresó a vivir a las
favelas de Vulcanus hasta que consiguió una plaza con la agencia Nexus para
trabajar en el islote, y de allí nadie supo de su paradero. Es decir, nadie supo
de ella hasta que su cuerpo fue depositado por las olas en Porto Sol. El ninja
no se inmutó al escuchar estas noticias. Se limitó a contarme una historia. Me
dijo que hubo un hombre que tenía muchas riquezas, pero que las consiguió por
medio de muchos pecados. Como acto de contrición decidió nunca más regresar al
mundo. También decidió que intentaría mejorar el mundo, poco a poco y una
persona a la vez. Estableció el Complejo para traer jóvenes mujeres y
capacitarlas para sobrevivir en un mundo que poco uso y afecto tiene por ellas.
Las adiestró para que nunca más necesitaran de los hombres, y que nunca más
fueran víctimas indefensas. «Dijo John Lennon que la mujer es la esclava del
esclavo. Esto no puede continuar así», declaró. Entonces por varios años ha
estado moldeando a mujeres jóvenes, devolviéndolas luego a sus domicilios
anteriores con la consigna de que compartan sus conocimientos con otras. Su plan
es que en menos de una generación, el balance del poder esté más inclinado hacia
las mujeres. Según él, a diferencia de los hombres, cuando las mujeres
construyen algo es para beneficiar a todos. Y cuando luchan, destruyen por
completo a las amenazas. Le dije que era muy interesante, y todo, pero que me
venía valiendo un pepino: ¿qué le sucedió a mi hermana? Suspiró profundo, y me
contó que, por desgracia, Briseida vino a su islote todavía presa de la
drogadicción y de sus deudas a hombres ruines. Ellos creían que de seguro había
una mansión repleta de botín en el islote, y obligaron a Briseida a irse a
trabajar allí para que les mostrara dónde desembarcar para saquear el islote. La
noche pactada, Briseida salió a la playa a hacer señales con una lámpara de
mano. Ella solo quería que la rescataran, porque no podía trabajar tan duro como
las demás. Los maleantes atracaron en la playa y demandaron que Briseida los
condujera a la mansión. No sabiendo qué hacer, ella los llevó hacia el Complejo.
Seis hombres, aunque armados, no fueron reto alguno contra veintitrés
torbellinos de puños y patadas. Ninguno sobrevivió, Briseida incluida. El ninja
me dijo que podía quedarme y completar mi contrato, pero que él comprendería si
quería mejor dimitir y marcharme… ¡Claro que me iré! ¿Cómo voy a poder verles
las caras a todas estas putas que asesinaron a mi hermana, día tras día? Lo
primero que haré será levantar un acta en la jefatura de policía en Porto Sol, y
luego
Nana, la primera empleada del Complejo y
aprendiz personal del hombre conocido como Karesansui, camina con paso firme
rumbo a la embarcación que la llevará a isla Vulcanus. Allí buscará a otras que
hayan estado en el islote, para crear una cooperativa. Crecerá su número. Quizás
hasta establezcan su propio Complejo. El sueldo de cinco años le da ventajas que
no toda mujer tiene: es libre.
Karesansui puede que perdone, puede que olvide,
pero Nana no es presa de semejantes sensiblerías: es pragmática. Karen Fuentes,
hermana de Briseida Gómez, representaba una amenaza para el Complejo: en pocos
días las olas devolverán a Porto Sol el cuerpo de Karen, todavía asiendo su
grabadora digital.
Érase una vez un joven que vivía sin dirección ni propósito, como muchos a su
edad, hasta que una noche fue sobrecogido por una visión entre
sueños.
En ella, el joven se
encontraba en un espacio vacío, oscuro, infinito, y su conciencia era un punto
luminoso donde todo existía dentro de él y nada existía por fuera. No existía lo
material, sino que la realidad solo era la idea de sí misma que incluía el
conocimiento propio. Percibió un alargamiento. Sin saber cómo, de repente tenía
dos extremos y el universo era la longitud entre ellos. Otro milagro sucedió en
corto tiempo: la longitud se expandió sobre sí misma y ahora el cosmos era su
propia superficie. Casi enseguida hubo otro ensanchamiento, y ahora la plana
superficie crecía sobre sí misma, creando el mundo que conocemos y todo lo que
ha existido hasta el momento. Sintió alivio al haberse encontrado de nuevo, pero
poco le duró el gusto: un instante después la creación infinita se infló sobre
sí misma de nuevo. Sabía que antes podía desplazarse hacia enfrente, hacia un
lado, hacia arriba y en toda dirección intermedia, pero esta última expansión
era en una dirección completamente distinta a todas, a noventa grados de lo
real, hacia la perpendicular del vacío.
Allí todo estaba delineado con bordes
inconclusos y teñidos del polvo de las estrellas, y cada final era un comienzo,
y nada terminaba de comenzar. Percibiendo sin ver y conociendo sin saber, todo
objeto le resultaba familiar y extraño, y el interior y exterior eran
simultáneos y aparentes por completo. No había nada oculto, y los pensamientos
brotaban de las mentes como flores iracundas y ponzoñosas que alzaban el vuelo
batiendo alas iridiscentes. Hasta las sombras iluminaban los rincones más
recónditos.
Adivinó que seguía
siendo un simple cubo, pero desarraigado de su continuidad física y cúbica por
agencias externas, quizá nativas a este nuevo mundo. Alzó la vista, o al menos
pensó hacerlo, y percibió con todos sus sentidos corporales a una plétora de
seres maravillosamente terribles, hermosamente horripilantes, que variaban en
aspecto de manera continua y aleatoria, kaleidoscopios vivientes hasta en el
tiempo, ora infantes, ora ancianos, siempre deslumbrantes.
Cuando uno de estos seres estuvo cerca, como
Ícaro, alzó la mano y rozó el borde de su manto sagrado. ¡El dolor! Un tumulto
como el de nacer, como el de morir, como el sufrir de mil bocas hambrientas y un
millón de laceraciones atravesó su ser, su memoria, su destino… y lo infectó
para siempre de la perspectiva teseracta del tiempo.
Al despertar, entendió que en su existencia
tridimensional estaban los indicios necesarios para entender su nueva percepción
del paso del tiempo. Así como los humanos solo ven en dos dimensiones mientras
que su mente calcula esa tercera dimensión que puede comprobar con sus otros
sentidos valiéndose del paralaje entre los ojos, y pasan sus vidas apenas
intuyendo el paso del tiempo, de igual manera esos seres maravillosos de su
visión perciben la creación en sus tres dimensiones mientras que calculan la
cuarta e intuyen una quinta, o más dimensiones, quién supiera qué alcance tienen
los hipersentidos… Así se dio cuenta de que los humanos perciben el universo
como un triángulo equilátero: un lado es su percepción, el segundo es la materia
misma y el tercero es el momento presente. Entonces, para los humanos, el futuro
es una sucesión de triángulos equiláteros cada vez más pequeños mientras más
distantes en el tiempo. Solo es posible conocerlos al pasar más allá del
triángulo actual, y solo se puede avanzar en orden: uno ha de llegar al último
futuro hasta el final. Estando convencido de que su visión era cierta, de que
esos seres eran reales, el joven dedujo que entonces el tiempo no era esa
sucesión ordenada y férrea de triángulos equiláteros. No, el tiempo era una gama
de todo tipo de triángulos, de todo tamaño, apilados al azar y disponibles al
gusto. Su limitado cuerpo de tres dimensiones reales y una cuarta intuida no
podía acceder al futuro, pero podía vivir en el pleno presente, cosa que ningún
otro humano hace.
Esta nueva
libertad lo llenó de soberbia. Su alma floreció en mezquinidad, como cualquiera
que nunca ha gozado un ápice de poder y autoridad lo haría al hallarse en
repentina posesión de una ventaja incomparable. Porque podía percibir el momento
actual y reaccionar en ese preciso instante, al principio saldó cuentas a puño
limpio con rivales reales o imaginarios. Después descubrió que el hurto era
fácil, ya que la mano en realidad es más rápida que la vista, sobre todo con una
mente igual de rápida que la mano. Una vez aburrido de adquirir posesiones que
nunca terminaría de disfrutar aunque viviera mil años, decidió dedicarse al
homicidio. Por algún tiempo lo hizo por placer antes de hacerlo por negocio. Su
fama creció hasta volverse leyenda viviente, hasta que todo aquel que conociera
de sus aptitudes temiera mencionar su nombre en voz alta.
Infalible e intocable pudiera ser, no así el
resto de sus seres queridos. Ancianos, mujeres, niños, ninguno se salvó de
crueles venganzas de un mundo repleto de enemigos rencorosos. Ni sus mascotas
salieron ilesas, y el joven, ahora en su cuarta década de vida, lamentó con
amargura todo cadáver violado, descuartizado, incendiado, sabiendo que todos
ellos lo sufrieron todavía vivos. Tomó sus mal habidas ganancias y huyó a
enclaustrarse. Creó compañías falsas y sobornó a quien fuera necesario para
arrendar a perpetuidad alguna isla. Al norte de Porto Sol encontró un islote,
considerado sagrado en un pasado algo lejano, que permanecía inhabitado.
Contrató ingenieros y compañías de construcción en el continente y, aunque
costoso, logró construir lo que se proponía sin que ningún habitante de las
islas Circinus se enterara. Sus aposentos fueron subterráneos y parcos. Él mismo
diseñó la única estructura que estaba a plena vista en la isla, emplazada sobre
su recoveco. Era una explanada cuadrada de concreto, donde se erguían columnas
sin basa, capitel ni techo, de distintas alturas y anchuras, colocadas al azar,
pareciera, coronadas de células fotoeléctricas. Pero era una de las maravillas
secretas del mundo: no había manera alguna de pararse en un extremo de la
explanada y mirar a través de las columnas el extremo opuesto, sin importar
dónde se colocara uno. Lo llamó Karesansui, y pasaba largas horas caminando
alrededor de la estructura, intentando en vano ver el otro extremo, y recordando
todos sus pecados.
De vez en
cuando había curiosos o extraviados que llegaban a su islote, pero después de
unos cuantos ahogados —que la marea devolvió a Porto Sol— empezó a crecer la
leyenda de que el islote estaba embrujado, y que había una extraña estructura
dominada por un espectro furioso.
Harto de la violencia y del contacto humano, el
joven cuarentón decidió que algo habría que hacer para proteger la isla sin
necesidad de teñirse de nuevo los puños de sangre ajena. También pensó que le
gustaría usar sus riquezas para cambiar el mundo de alguna pequeña manera, pero
fundamental y obvia. Quizá serviría como acto de contrición por sus pecados, o
como venganza contra el cruel destino. ¿Cómo infectar al mundo con un cambio de
paradigma?
«¿Qué es
esto?», se preguntaba una vez tras otra. Esa sensación de vacío en el estómago,
la desazón repentina de mal aliento, la jaqueca fulminante, las náuseas atroces,
el mareo desconcertante, los pezones tumefactos y todo por verle el rostro
angelical a un niño. Apenas tenía unos minutos de haberse sentido así cuando
viajaba en el autobús de regreso a la casa, cuando vio a la señora con su bebé
que abordó mientras ella se apeaba. Y ahora la vecina de al lado salía con sus
hijas a algún mandado, y al verlas la sensación la abrumó, repentina y total,
una vez más.
«¿Qué es
esto?».
Una vez dentro de la casa,
al menos no correría el riesgo de sufrir de nuevo de…, de lo que fuera eso que
le sucedió. Felizmente soltera y sin hijos, su profesión era su vida entera.
Para distraerse, intentó hojear una revista de modas. ¡Maldición!, ahora parecía
que toda la publicidad en la revista tenía niños. Azorada, dejó a un lado la
revista y levantó otra, una de automóviles modernos. Lo mismo. Docenas de
pequeños rostros la atisbaban de entre las páginas lustrosas de la publicidad.
Con un leve gemido ininterrumpido en los labios, comenzó a manotear una revista
tras otra, encontrando sin querer más y más rostros infantiles. De pronto, sin
entender por qué, unos ojos azul cielo la detuvieron en seco. Obedeciendo al
impulso, arrancó la página y con desgarres bruscos se quedó con esos ojos en la
mano, mirándolos con detenimiento. Luego, buscó de nuevo entre los ejemplares
hasta que encontró una oreja que la fascinó. Después encontró una cabellera
hipnotizante.
El amanecer la
encontró de rodillas frente al muro de la sala, donde había adherido —con
tachuelas, clavos, cinta adhesiva y hasta engrudo que cocinó con harina y agua
cuando se le terminaron los demás objetos— un colage de trozos fotográficos de
toda parte de cuerpos infantiles. En el centro, como si fuera moderna
Frankenstein gráfica, había la efigie de una niña que, aunque fragmentada e
incoherente, le guardaba un cierto parecido a ella.
No regresó a trabajar. Cuando los vecinos se
preocuparon lo suficiente para investigar si ella estaba bien y uno de ellos
distinguió por la ventana que estaba tendida a media sala, llamaron a la policía
y a la ambulancia. Cuando irrumpieron en su morada, encontraron toda la casa
tapizada de colages de la misma estampa, y con garabatos rayados con varios
implementos. No investigaron mucho, puesto que la mujer estaba al borde de la
muerte, casi desangrada por los rasguños en sus antebrazos. Un policía notó que
frente a ella, en el muro, decía en escarlata marrón: «Rosario Vélez». Más
abajo: «¡Hija mía!».
El siquiatra
pidió a la secretaria que buscaran parientes o apoderados para autorizar el
internamiento, pero no hallaron ninguno. En su oficina, apuntó en las notas
clínicas que el brote sicótico estaba centrado en la alucinación de una ficticia
hija, y que la paciente insistía que había tenido una hija, pero que sus vidas
felices de repente fueron sustituidas por su vida actual; que, en la otra vida,
ella era (o es) madre soltera, pero que el resto de los detalles de su vida eran
iguales.
Semanas después, el mismo
siquiatra tuvo que atender a varios de los vecinos, porque aseguraban que
recordaban a una niña que vivía en la casa de la vecina internada. La policía
hizo pesquisas, pero no se encontró evidencia de persona extraviada. Un año
después, todos quienes conocieron al paciente cero, a la mujer todavía
internada, reportaron las mismas alucinaciones: el recuerdo de una niña de ojos
azules que nadie había conocido jamás, y que no existía. Una noche, después de
una larga jornada, por pura curiosidad, el siquiatra usó el buscador de
Internet. Deletreó con cuidado el nombre. Oprimió «buscar». Obtuvo un solo
resultado, un artículo publicado por un periódico de la época:
El retrato que acompañaba al artículo mostraba
a una niña de tierna edad, de un parecido asombroso a su paciente cero.
—Te lo dije: estos seres
contienen una variable que se dispara al infinito. Ya sé que los cálculos
demuestran que es imposible, pero aquí está la prueba: mira en esta región del
fractal. ¿Lo ves? Hay ciertas concatenaciones que trascienden el espacio y el
tiempo… No, no puedo formular una ecuación para este fenómeno todavía. Vale la
pena realizar otras cuantas iteraciones, para cerciorarnos de que no sea una
anomalía, pero han sido doscientos de estos experimentos, y la anomalía aparece
en cada uno de ellos.
A todos
se les hacía muy rara la manía que Fabio tenía por abrir cualquier puerta a su
alcance y mirar dentro. Habitaciones, baños, clósets, gabinetes, vitrinas,
ninguna de sus puertas se salvavan de ser escudriñadas. Aunque él nunca lo
hubiera contado, no sería difícil comprender su obsesión si uno se enterara de
la causa.
Cuando Fabio era un
cuarentón divorciado con tres hijos que no le dirigían la palabra desde hacía
años, al borde de la quiebra y con un complejo de inferioridad aplastante, hubo
un día que regresó a la casa después de otro día interminable en su trabajo de
mala paga y sin oportunidades de mejora. Para variar, el jefe no le había
recordado lo inútil e inepto que era, pero de todos modos sabía que lo era.
Cabizbajo y con los hombros redondeados por el agobio de ser Fabio cada día por
todo el día, abrió la puerta de entrada.
Se encontró a media sala de lo que fuera su
humilde domicilio si dicho inmueble hubiera recibido las atenciones de un equipo
furioso de remodeladores y diseñadores de interiores con patrocinadores de
bolsillos hondos y generosos. Fabio retrocedió varios pasos por la puerta
todavía abierta para cerciorarse de que no estuviera allanando una morada ajena.
No. Era la dirección correcta en la calle apropiada, donde todo lucía igual
excepto por el automóvil deportivo último modelo que estaba estacionado justo
donde escaso minuto y medio estuviera su carcacha decrépita de los últimos doce
años. Con cautela, Fabio ingresó de nuevo, a hurtadillas. Exploró la casa y
encontró artículos similares a los que poseía antes de irse a trabajar, pero
mejores y nuevos. Hasta las fotos sobre la mesita de entrada eran de él, pero
lucía más apuesto y feliz que nunca. Su ex aparecía también en casi todas las
fotos, ora acompañada de los hijos, ora solo junto a él, pero era la versión de
Mónica sin veinte años de riñas en las arrugas alrededor de los ojos y apenas
unos kilos de más que cuando la conoció en la preparatoria. Eran fotos de un
Fabio y una Mónica versión Hollywood. Así encontró detalle tras detalle paralelo
a su vida anterior pero aumentado y mejorado de manera desmedida, casi ridícula.
Mucho lo sorprendió, aunque medio lo intuyera, que al cabo de media hora su ex
ex entrara en la casa acompañada de los hijos y lo saludaran con abrazos y besos
efusivos y sinceros.
Pasaron
varios días antes de que pudiera conciliar el sueño la noche completa. Al cabo
de un mes, casi creía que su vida anterior —su vida real, carajo— era el sueño y
que esta alucinación —porque cómo demonios no fuera otra cosa que algún
desperfecto de su mente— era la verdad verdadera. Un poco más de un año
transcurrió hasta que un día este Fabio versión Brad Pitt fue al baño y al salir
entró de nuevo a esa casa desvencijada de antes. Entró y salió varias veces del
baño, lloriqueando y con un continuo gemido gutural apenas si escapando por el
rictus desolado de su antigua cara de Fabio mequetrefe.
Una década completa vio a Fabio abrir toda
puerta a su alcance; si hubiera existido alguien que le tuviera aunque sea un
poco de afecto, lo hubieran internado en un siquiátrico. Pero no, nadie parecía
siquiera percatarse de su existencia, mucho menos de sus
eccentricidades.
No obstante,
justo el día en que Fabio dejó de ansiar que se abriera la puerta que lo dejara
entrar de nuevo a esa vida maravillosa, salió de su pocilga y entró a la
nada.
—¿Hasta cuándo has de entender
que es cruel trasplantar una conciencia de uno a otro universo paralelo? Los
seres de esta iteración tienen potencial, pero no puedes someterlos a estos
experimentos sin su consentimiento, o al menos sin una explicación.
—¿Acaso crees que ellos le explican a una
bacteria sobre los antibióticos? Aunque lo hicieran, ¿qué comprendería la
bacteria? Además, el grado de separación entre ellos y los microbios es mil
millones de veces menor que el grado de separación entre ellos y nosotros. ¿Cómo
creer que pudieran entendernos?
Lo
que parece molestia o irritación atraviesa como sombra pasajera por la mirada
del más compasivo. Cierto que poco puede protestar: estos experimentos
clandestinos fueron prohibidos desde hace eones. Se voltea de nuevo a su
dimensioscopio e imagina que quizá pueda haber alguna manera de establecer
comunicación con alguno de estos seres que aparecen de manera insistente en
muchas iteraciones de la ecuación fractal que estudia en estos
momentos.
—Le
repito que no fue un sueño, fue una revelación.
—Y yo le repito que es imposible.
—Pero no, profesor. Mire, si los conjuntos de
Mandelbrot representan la conjugación de números enteros con imaginarios dentro
de parámetros limitados, ¿por qué no puede haber fractales de conjuntos
infinitos?
—Porque así funcionan
las matemáticas. Así está hecho el universo. Punto final.
—Pero le digo que vi…
—No me interesa. Es más, en mi opinión
Mandelbrot solo descubrió una curiosidad y nada más. Aparte, usted no está en
ninguna de mis clases de Cálculo. Así que sugiero que estudie Matemáticas por
unos cuantos años y, cuando obtenga su doctorado, entonces sabrá por qué es
imposible lo que me plantea. Y la próxima vez que se le ocurra experimentar con
la lisérgica sería mejor que vaya a molestar a su profesor de Filosofía con sus
sandeces. Buenos días, con permiso.
—¡Profesor!
En vano Pablo le dirigió la palabra al profesor
Morales, que ya se alejaba apresurado. Pablo Rincón, estudiante de primer
semestre en la carrera de Filología, decidió faltar a clases ese día e irse a la
biblioteca para buscar cuanto libro existiera en referencia a los números
fractales. Estaba convencido de que allí encontraría alguna pista para llegar a
entender la visión que tuvo la noche anterior.
En vano Pablo buscó. Cada noche, durante el
momento del sueño más profundo, se sentía volver a la lucidez y de nuevo le
sobrecogía la revelación. Era una turbulencia de sensaciones que trascendía más
allá de lo que cualquier humano pudiera captar con los veintidós sentidos
corporales. Era indescifrable e inefable. Era una experiencia hermética
incomprensible, pero irrefutable. La aceptó como la única verdad en la
existencia. Se la pasaba en la biblioteca en lugar de ir a clases, y en corto
tiempo reprobó todas las materias por haber estado ausente desde la primera
noche de la revelación. Cuando lo echaron de la Universidad, en lugar de
regresar a su hogar, comenzó a dormir a la intemperie. De día buscaba
bibliotecas para intentar hallar más información. Hacía apuntes en servilletas
usadas y al margen de periódicos usados. Comía cuando recordaba qué era el
hambre.
Unas cuantas semanas
después, la policía encontró su cuerpo demacrado y pestilente acurrucado debajo
de un puente peatonal. Sin poder identificar el cadáver, se registró como
«desconocido» en el acta de defunción y se depositó en la fosa común del
condado. Entre sus pocas pertenencias se hallaron fajos grandes de papeles
sueltos, atados con sogas decrépitas. Supusieron que el desconocido juntaba
papel para venderlo a las plantas de reciclaje y ganarse unos centavos. Muchos
vagabundos acostumbran hacerlo así. Las notas de Pablo se fueron al incinerador
sin que nadie las leyera nunca, y en cenizas terminaron las pistas de la
verdadera naturaleza de la vida y de la conciencia.
—Te lo dije: esta especie no podrá
entenderlo jamás.
—La
configuración sináptica adecuada ha ido apareciendo más a menudo, ahora que la
población humana ha alcanzado un crecimiento parabólico. Me gustaría seguir
intentando establecer contacto, antes de que alcancen el punto de extinción
repentina.
—Adelante, pero pierdes
tu tiempo. Siempre terminarán dementes. Es demasiado para ellos. Nunca lo van a
soportar.
Mientras que su
compañero se prepara para intentar una nueva inoculación, él dirige sus
poderosos dimensioscopios a una sección distinta de su diagrama fractal
infinito, dibujado con tinta de estrellas.
Ya antes he justificado mi costumbre de hacer traducciones de canciones y disfrazarlas como relatos cortos. Mantengo que, en muchas ocasiones, existen canciones que presentan muy buenos conceptos, pero por la necesidad de rimar o por otros motivos no alcanzan a realizar su potencial. Muchos me han reñido que la música presenta limitaciones y las canciones no pueden considerarse desde el punto de vista de la literatura.
Discrepo.
El idioma se presta para hacer arte, sea cual fuere su presentación. Todo depende de la aptitud que cada autor tenga para hacer florecer su idioma un poco más con cada texto que produzca, sean poemas, cuentos o, por qué no, canciones.
Como ejemplo de esto, presento hoy una traducción casi literal de una canción del año 1983. No solo se presta bien esta letra para la rima y el metro que demanda la música, sino que tiene mensaje trascendente y una estructura que la equipara con muchos de los mejores textos de autores de renombre que haya leído antes. De hecho, el título y el tema se refieren a la teoría psicológica de la sincronicidad, de Carl Jung, y se podría decir —sin recurrir a la hipérbole— que esta canción es la sombra de poemas como The Second Coming, de William Butler Yeats. Me refiero a la canción Synchronicity II, que forma parte del álbum Sychronicity, de The Police. Todas las canciones en ese álbum son ejemplos de meditaciones profundas y del buen uso del idioma inglés, pero pienso que la canción señalada es el mejor ejemplo de ello. Si la mayoría de los músicos populares escribieran con tanta pericia, poca necesidad tendría yo de hacer traducciones literarias. Juzguen ustedes a continuación. Presento la letra en prosa.
Es una mañana familiar en un arrabal cualquiera; Abuela le chilla a la pared. Hablamos a gritos para superar a nuestro estridente cereal Rice Crispies; no podemos oir nada. Madre entona su litanía de aburrimiento y frustración, pero todos sabemos que todos sus suicidios son falsos. Papi solo mantiene la mirada perdida, casi al límite del colmo.
A muchas millas de distancia, algo se arrastra sobre el fango en el fondo de un oscuro lago escocés.
Es una fea mañana industrial. La fábrica le eructa su inmundicia al cielo. Él pasa hoy sin trabas entre las filas de huelguistas; ni siquiera se pregunta por qué. Las secretarias hacen pucheros y se pavonean como golfas baratas de la zona rosa, pero él solo se atreve a mirarlas desde lejos. Y cada una de las reuniones con su supuesto superior es una humillante patada en la entrepierna.
A muchas millas de distancia, algo se arrastra hacia la superficie de un oscuro lago escocés.
Ha terminado otro día laboral. Solo falta someterse al infernal tráfico de las horas pico. Todos apretujados como ratones de Noruega en cajitas metálicas relucientes, son concursantes en una carrera suicida. Papi se aferra del volante y pierde la mirada en la distancia. Sabe que algo, en algún sitio, terminará roto. Tiene a la vista el hogar familiar, acechante en la luz de sus faros, con ese dolor de ojos esperándolo en la segunda planta.
A muchas millas de distancia, se dibuja en sombras una silueta sobre la puerta de una cabaña en la ribera de un oscuro lago escocés.
Tienes de esos rostros sin los estragos de la belleza; mis cicatrices marcan mi itinerario en la vida. Tienes de esas miradas que me penetran hasta el alma sin sentir repugnancia de lo visto. Decían que no sentiría nada la primera vez… No sé cómo sanan estas heridas, pero en ti veo una lumbrera.
Me incluyes en coloquio íntimo y avasallas toda imaginación, sin saber que allí todo es tuyo. Dijeron que no sentirías nada la primera vez… Tardaste en sanar, pero esta podría ser la noche anhelada.
Cierto es que lejos estoy de tu aposento en el Gólgota, pero igual a media distancia estoy de donde provengo y de donde debería estar. Pero, de haber una luz que siempre se vea, de haber un mundo donde habitar eternos, de haber obscuridad indudable en nuestros adentros y en derredor, elijamos no permitir que se apague el fulgor.
Cada ola que rompe en la playa habla de todas las venideras, así como todo tahúr sabe que a lo único que se viene es a perder. En nuestro estío era temerario, mas en estos días solo sé lanzar mensajes al azar, como hojas otoñales revoloteando con cualquier brisa y que el invierno no sabría dejar en paz.
Todo marinero sabe que la mar es amistad tornada en adversario, y toda alma náufraga sabe lo que es vivir sin intimidad. A veces imagino oir la voz del capitán, pero me lo impiden tantos de tus sermones… y, como toda ola que rompe en la costa, hasta aquí pude llegar.
La mar sabe dónde esconde los escollos, y ahogarse no es pecado. Sabes bien dónde se encuentra mi corazón: aún en el mismo sitio que el tuyo. Bien sabemos que tememos triunfar, así que damos por terminado todo antes del comienzo.
Si te vas por tu lado y yo por el mío, ¿seremos tan desvalidos ante las mareas? Cualquier fulano sabe que el enamoramiento viene a través del sometimiento. Sea: que estemos listos para permitir que nos arrastre la marea y nunca más perseguir cada una y toda ola.
Resulta que la versión Kindle de Un leve desliz me ha estado dando muchos dolores de cabeza. Para comenzar, Amazon insiste en descuadrar todo lo que pueda de la maquetación. Aparte, no importa cuántos arreglos haga al archivo, los pobres lectores que hayan comprado alguna de las versiones deficientes no tienen acceso a las actualizaciones arregladas, sino que deben contactar al departamento de quejas directo y pedir que les arreglen el formato.
Qué vergüenza con mis pobres (y contadísimos) lectores…
En fin.
Lo que intentaré a continuación es crear mi siguiente libro (ya solo faltan unas cuantas horas de edición y otras cuantas de diseño de portada para iniciar el proceso de publicación) en versión HTML, íntegro. De esa manera, que haga Kindle lo que quiera con él. Es que, aunque uno prepare el libro en versión epub o mobi, que deberían traducirse directo en cualquier lector móvil, Kindle insiste en convertir todo a formato KR8, que dizque es mejor.
Bueno, luego comparto con ustedes enlaces y demás cosas cuando ya esté listo el nuevo libro. Es la primera parte de la secuencia Homo Eternus, y se llamará Saciedad/Satiety, publicado en inglés y español en el mismo tomo. Quería crear una versión paralela, pero Kindle es una plataforma muy tarada y no permite crear columnas, que sería lo ideal. He decidido publicar esta primera parte y después la segunda, Finitum capax infiniti, en lo que escribo la tercera parte (porque mi esposa dijo que era necesaria).