sábado, 29 de agosto de 2015

Sin título: Capítulo 3: Vínculos

«¿Qué es esto?», se preguntaba una vez tras otra. Esa sensación de vacío en el estómago, la desazón repentina de mal aliento, la jaqueca fulminante, las náuseas atroces, el mareo desconcertante, los pezones tumefactos y todo por verle el rostro angelical a un niño. Apenas tenía unos minutos de haberse sentido así cuando viajaba en el autobús de regreso a la casa, cuando vio a la señora con su bebé que abordó mientras ella se apeaba. Y ahora la vecina de al lado salía con sus hijas a algún mandado, y al verlas la sensación la abrumó, repentina y total, una vez más.

«¿Qué es esto?».

Una vez dentro de la casa, al menos no correría el riesgo de sufrir de nuevo de…, de lo que fuera eso que le sucedió. Felizmente soltera y sin hijos, su profesión era su vida entera. Para distraerse, intentó hojear una revista de modas. ¡Maldición!, ahora parecía que toda la publicidad en la revista tenía niños. Azorada, dejó a un lado la revista y levantó otra, una de automóviles modernos. Lo mismo. Docenas de pequeños rostros la atisbaban de entre las páginas lustrosas de la publicidad. Con un leve gemido ininterrumpido en los labios, comenzó a manotear una revista tras otra, encontrando sin querer más y más rostros infantiles. De pronto, sin entender por qué, unos ojos azul cielo la detuvieron en seco. Obedeciendo al impulso, arrancó la página y con desgarres bruscos se quedó con esos ojos en la mano, mirándolos con detenimiento. Luego, buscó de nuevo entre los ejemplares hasta que encontró una oreja que la fascinó. Después encontró una cabellera hipnotizante.

El amanecer la encontró de rodillas frente al muro de la sala, donde había adherido —con tachuelas, clavos, cinta adhesiva y hasta engrudo que cocinó con harina y agua cuando se le terminaron los demás objetos— un colage de trozos fotográficos de toda parte de cuerpos infantiles. En el centro, como si fuera moderna Frankenstein gráfica, había la efigie de una niña que, aunque fragmentada e incoherente, le guardaba un cierto parecido a ella.

No regresó a trabajar. Cuando los vecinos se preocuparon lo suficiente para investigar si ella estaba bien y uno de ellos distinguió por la ventana que estaba tendida a media sala, llamaron a la policía y a la ambulancia. Cuando irrumpieron en su morada, encontraron toda la casa tapizada de colages de la misma estampa, y con garabatos rayados con varios implementos. No investigaron mucho, puesto que la mujer estaba al borde de la muerte, casi desangrada por los rasguños en sus antebrazos. Un policía notó que frente a ella, en el muro, decía en escarlata marrón: «Rosario Vélez». Más abajo: «¡Hija mía!».

El siquiatra pidió a la secretaria que buscaran parientes o apoderados para autorizar el internamiento, pero no hallaron ninguno. En su oficina, apuntó en las notas clínicas que el brote sicótico estaba centrado en la alucinación de una ficticia hija, y que la paciente insistía que había tenido una hija, pero que sus vidas felices de repente fueron sustituidas por su vida actual; que, en la otra vida, ella era (o es) madre soltera, pero que el resto de los detalles de su vida eran iguales.

Semanas después, el mismo siquiatra tuvo que atender a varios de los vecinos, porque aseguraban que recordaban a una niña que vivía en la casa de la vecina internada. La policía hizo pesquisas, pero no se encontró evidencia de persona extraviada. Un año después, todos quienes conocieron al paciente cero, a la mujer todavía internada, reportaron las mismas alucinaciones: el recuerdo de una niña de ojos azules que nadie había conocido jamás, y que no existía. Una noche, después de una larga jornada, por pura curiosidad, el siquiatra usó el buscador de Internet. Deletreó con cuidado el nombre. Oprimió «buscar». Obtuvo un solo resultado, un artículo publicado por un periódico de la época:


«Rosario Vélez (nacida el 8 de agosto de 1833, muerta el 15 de julio de 1841). Una de las víctimas del controvertido y horrible incendio del orfanato La Piedad, cuyo saldo fue la muerte de todos los doscientos residentes (hacer clic para un listado completo). El juez dictaminó negligencia por parte de la institución, quienes mantuvieron… (hacer clic para leer el artículo completo)».


El retrato que acompañaba al artículo mostraba a una niña de tierna edad, de un parecido asombroso a su paciente cero.



—Te lo dije: estos seres contienen una variable que se dispara al infinito. Ya sé que los cálculos demuestran que es imposible, pero aquí está la prueba: mira en esta región del fractal. ¿Lo ves? Hay ciertas concatenaciones que trascienden el espacio y el tiempo… No, no puedo formular una ecuación para este fenómeno todavía. Vale la pena realizar otras cuantas iteraciones, para cerciorarnos de que no sea una anomalía, pero han sido doscientos de estos experimentos, y la anomalía aparece en cada uno de ellos.

—Muy bien: prepara otra tanda de experimentos.


D

viernes, 28 de agosto de 2015

Sin título: Capítulo 2: Umbrales

A todos se les hacía muy rara la manía que Fabio tenía por abrir cualquier puerta a su alcance y mirar dentro. Habitaciones, baños, clósets, gabinetes, vitrinas, ninguna de sus puertas se salvavan de ser escudriñadas. Aunque él nunca lo hubiera contado, no sería difícil comprender su obsesión si uno se enterara de la causa.

Cuando Fabio era un cuarentón divorciado con tres hijos que no le dirigían la palabra desde hacía años, al borde de la quiebra y con un complejo de inferioridad aplastante, hubo un día que regresó a la casa después de otro día interminable en su trabajo de mala paga y sin oportunidades de mejora. Para variar, el jefe no le había recordado lo inútil e inepto que era, pero de todos modos sabía que lo era. Cabizbajo y con los hombros redondeados por el agobio de ser Fabio cada día por todo el día, abrió la puerta de entrada.

Se encontró a media sala de lo que fuera su humilde domicilio si dicho inmueble hubiera recibido las atenciones de un equipo furioso de remodeladores y diseñadores de interiores con patrocinadores de bolsillos hondos y generosos. Fabio retrocedió varios pasos por la puerta todavía abierta para cerciorarse de que no estuviera allanando una morada ajena. No. Era la dirección correcta en la calle apropiada, donde todo lucía igual excepto por el automóvil deportivo último modelo que estaba estacionado justo donde escaso minuto y medio estuviera su carcacha decrépita de los últimos doce años. Con cautela, Fabio ingresó de nuevo, a hurtadillas. Exploró la casa y encontró artículos similares a los que poseía antes de irse a trabajar, pero mejores y nuevos. Hasta las fotos sobre la mesita de entrada eran de él, pero lucía más apuesto y feliz que nunca. Su ex aparecía también en casi todas las fotos, ora acompañada de los hijos, ora solo junto a él, pero era la versión de Mónica sin veinte años de riñas en las arrugas alrededor de los ojos y apenas unos kilos de más que cuando la conoció en la preparatoria. Eran fotos de un Fabio y una Mónica versión Hollywood. Así encontró detalle tras detalle paralelo a su vida anterior pero aumentado y mejorado de manera desmedida, casi ridícula. Mucho lo sorprendió, aunque medio lo intuyera, que al cabo de media hora su ex ex entrara en la casa acompañada de los hijos y lo saludaran con abrazos y besos efusivos y sinceros.

Pasaron varios días antes de que pudiera conciliar el sueño la noche completa. Al cabo de un mes, casi creía que su vida anterior —su vida real, carajo— era el sueño y que esta alucinación —porque cómo demonios no fuera otra cosa que algún desperfecto de su mente— era la verdad verdadera. Un poco más de un año transcurrió hasta que un día este Fabio versión Brad Pitt fue al baño y al salir entró de nuevo a esa casa desvencijada de antes. Entró y salió varias veces del baño, lloriqueando y con un continuo gemido gutural apenas si escapando por el rictus desolado de su antigua cara de Fabio mequetrefe.

Una década completa vio a Fabio abrir toda puerta a su alcance; si hubiera existido alguien que le tuviera aunque sea un poco de afecto, lo hubieran internado en un siquiátrico. Pero no, nadie parecía siquiera percatarse de su existencia, mucho menos de sus eccentricidades.

No obstante, justo el día en que Fabio dejó de ansiar que se abriera la puerta que lo dejara entrar de nuevo a esa vida maravillosa, salió de su pocilga y entró a la nada.



—¿Hasta cuándo has de entender que es cruel trasplantar una conciencia de uno a otro universo paralelo? Los seres de esta iteración tienen potencial, pero no puedes someterlos a estos experimentos sin su consentimiento, o al menos sin una explicación.

—¿Acaso crees que ellos le explican a una bacteria sobre los antibióticos? Aunque lo hicieran, ¿qué comprendería la bacteria? Además, el grado de separación entre ellos y los microbios es mil millones de veces menor que el grado de separación entre ellos y nosotros. ¿Cómo creer que pudieran entendernos?

Lo que parece molestia o irritación atraviesa como sombra pasajera por la mirada del más compasivo. Cierto que poco puede protestar: estos experimentos clandestinos fueron prohibidos desde hace eones. Se voltea de nuevo a su dimensioscopio e imagina que quizá pueda haber alguna manera de establecer comunicación con alguno de estos seres que aparecen de manera insistente en muchas iteraciones de la ecuación fractal que estudia en estos momentos.


D

jueves, 27 de agosto de 2015

Sin título: Capítulo 1: La perpendicular del vacío

—Le repito que no fue un sueño, fue una revelación.

—Y yo le repito que es imposible.

—Pero no, profesor. Mire, si los conjuntos de Mandelbrot representan la conjugación de números enteros con imaginarios dentro de parámetros limitados, ¿por qué no puede haber fractales de conjuntos infinitos?

—Porque así funcionan las matemáticas. Así está hecho el universo. Punto final.

—Pero le digo que vi…

—No me interesa. Es más, en mi opinión Mandelbrot solo descubrió una curiosidad y nada más. Aparte, usted no está en ninguna de mis clases de Cálculo. Así que sugiero que estudie Matemáticas por unos cuantos años y, cuando obtenga su doctorado, entonces sabrá por qué es imposible lo que me plantea. Y la próxima vez que se le ocurra experimentar con la lisérgica sería mejor que vaya a molestar a su profesor de Filosofía con sus sandeces. Buenos días, con permiso.

—¡Profesor!

En vano Pablo le dirigió la palabra al profesor Morales, que ya se alejaba apresurado. Pablo Rincón, estudiante de primer semestre en la carrera de Filología, decidió faltar a clases ese día e irse a la biblioteca para buscar cuanto libro existiera en referencia a los números fractales. Estaba convencido de que allí encontraría alguna pista para llegar a entender la visión que tuvo la noche anterior.

En vano Pablo buscó. Cada noche, durante el momento del sueño más profundo, se sentía volver a la lucidez y de nuevo le sobrecogía la revelación. Era una turbulencia de sensaciones que trascendía más allá de lo que cualquier humano pudiera captar con los veintidós sentidos corporales. Era indescifrable e inefable. Era una experiencia hermética incomprensible, pero irrefutable. La aceptó como la única verdad en la existencia. Se la pasaba en la biblioteca en lugar de ir a clases, y en corto tiempo reprobó todas las materias por haber estado ausente desde la primera noche de la revelación. Cuando lo echaron de la Universidad, en lugar de regresar a su hogar, comenzó a dormir a la intemperie. De día buscaba bibliotecas para intentar hallar más información. Hacía apuntes en servilletas usadas y al margen de periódicos usados. Comía cuando recordaba qué era el hambre.

Unas cuantas semanas después, la policía encontró su cuerpo demacrado y pestilente acurrucado debajo de un puente peatonal. Sin poder identificar el cadáver, se registró como «desconocido» en el acta de defunción y se depositó en la fosa común del condado. Entre sus pocas pertenencias se hallaron fajos grandes de papeles sueltos, atados con sogas decrépitas. Supusieron que el desconocido juntaba papel para venderlo a las plantas de reciclaje y ganarse unos centavos. Muchos vagabundos acostumbran hacerlo así. Las notas de Pablo se fueron al incinerador sin que nadie las leyera nunca, y en cenizas terminaron las pistas de la verdadera naturaleza de la vida y de la conciencia.


—Te lo dije: esta especie no podrá entenderlo jamás.

—La configuración sináptica adecuada ha ido apareciendo más a menudo, ahora que la población humana ha alcanzado un crecimiento parabólico. Me gustaría seguir intentando establecer contacto, antes de que alcancen el punto de extinción repentina.

—Adelante, pero pierdes tu tiempo. Siempre terminarán dementes. Es demasiado para ellos. Nunca lo van a soportar.

Mientras que su compañero se prepara para intentar una nueva inoculación, él dirige sus poderosos dimensioscopios a una sección distinta de su diagrama fractal infinito, dibujado con tinta de estrellas.


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viernes, 3 de abril de 2015

Sobre mis traducciones literarias

Ya antes he justificado mi costumbre de hacer traducciones de canciones y disfrazarlas como relatos cortos. Mantengo que, en muchas ocasiones, existen canciones que presentan muy buenos conceptos, pero por la necesidad de rimar o por otros motivos no alcanzan a realizar su potencial. Muchos me han reñido que la música presenta limitaciones y las canciones no pueden considerarse desde el punto de vista de la literatura.
 
Discrepo.
 
El idioma se presta para hacer arte, sea cual fuere su presentación. Todo depende de la aptitud que cada autor tenga para hacer florecer su idioma un poco más con cada texto que produzca, sean poemas, cuentos o, por qué no, canciones.
 
Como ejemplo de esto, presento hoy una traducción casi literal de una canción del año 1983. No solo se presta bien esta letra para la rima y el metro que demanda la música, sino que tiene mensaje trascendente y una estructura que la equipara con muchos de los mejores textos de autores de renombre que haya leído antes. De hecho, el título y el tema se refieren a la teoría psicológica de la sincronicidad, de Carl Jung, y se podría decir —sin recurrir a la hipérbole— que esta canción es la sombra de poemas como The Second Coming, de William Butler Yeats. Me refiero a la canción Synchronicity II, que forma parte del álbum Sychronicity, de The Police. Todas las canciones en ese álbum son ejemplos de meditaciones profundas y del buen uso del idioma inglés, pero pienso que la canción señalada es el mejor ejemplo de ello. Si la mayoría de los músicos populares escribieran con tanta pericia, poca necesidad tendría yo de hacer traducciones literarias. Juzguen ustedes a continuación. Presento la letra en prosa.
 
Es una mañana familiar en un arrabal cualquiera; Abuela le chilla a la pared. Hablamos a gritos para superar a nuestro estridente cereal Rice Crispies; no podemos oir nada. Madre entona su litanía de aburrimiento y frustración, pero todos sabemos que todos sus suicidios son falsos. Papi solo mantiene la mirada perdida, casi al límite del colmo.
 
A muchas millas de distancia, algo se arrastra sobre el fango en el fondo de un oscuro lago escocés.
 
Es una fea mañana industrial. La fábrica le eructa su inmundicia al cielo. Él pasa hoy sin trabas entre las filas de huelguistas; ni siquiera se pregunta por qué. Las secretarias hacen pucheros y se pavonean como golfas baratas de la zona rosa, pero él solo se atreve a mirarlas desde lejos. Y cada una de las reuniones con su supuesto superior es una humillante patada en la entrepierna.
 
A muchas millas de distancia, algo se arrastra hacia la superficie de un oscuro lago escocés.
 
Ha terminado otro día laboral. Solo falta someterse al infernal tráfico de las horas pico. Todos apretujados como ratones de Noruega en cajitas metálicas relucientes, son concursantes en una carrera suicida. Papi se aferra del volante y pierde la mirada en la distancia. Sabe que algo, en algún sitio, terminará roto. Tiene a la vista el hogar familiar, acechante en la luz de sus faros, con ese dolor de ojos esperándolo en la segunda planta.
 
A muchas millas de distancia, se dibuja en sombras una silueta sobre la puerta de una cabaña en la ribera de un oscuro lago escocés.

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jueves, 8 de enero de 2015

Todavía desconocido

Tienes de esos rostros sin los estragos de la belleza; mis cicatrices marcan mi itinerario en la vida. Tienes de esas miradas que me penetran hasta el alma sin sentir repugnancia de lo visto. Decían que no sentiría nada la primera vez… No sé cómo sanan estas heridas, pero en ti veo una lumbrera.

Me incluyes en coloquio íntimo y avasallas toda imaginación, sin saber que allí todo es tuyo. Dijeron que no sentirías nada la primera vez… Tardaste en sanar, pero esta podría ser la noche anhelada.

Cierto es que lejos estoy de tu aposento en el Gólgota, pero igual a media distancia estoy de donde provengo y de donde debería estar. Pero, de haber una luz que siempre se vea, de haber un mundo donde habitar eternos, de haber obscuridad indudable en nuestros adentros y en derredor, elijamos no permitir que se apague el fulgor.

Estas palabras son para alguien…

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martes, 6 de enero de 2015

Cada una y toda ola

Cada ola que rompe en la playa habla de todas las venideras, así como todo tahúr sabe que a lo único que se viene es a perder. En nuestro estío era temerario, mas en estos días solo sé lanzar mensajes al azar, como hojas otoñales revoloteando con cualquier brisa y que el invierno no sabría dejar en paz.

Todo marinero sabe que la mar es amistad tornada en adversario, y toda alma náufraga sabe lo que es vivir sin intimidad. A veces imagino oir la voz del capitán, pero me lo impiden tantos de tus sermones… y, como toda ola que rompe en la costa, hasta aquí pude llegar.

La mar sabe dónde esconde los escollos, y ahogarse no es pecado. Sabes bien dónde se encuentra mi corazón: aún en el mismo sitio que el tuyo. Bien sabemos que tememos triunfar, así que damos por terminado todo antes del comienzo.

Si te vas por tu lado y yo por el mío, ¿seremos tan desvalidos ante las mareas? Cualquier fulano sabe que el enamoramiento viene a través del sometimiento. Sea: que estemos listos para permitir que nos arrastre la marea y nunca más perseguir cada una y toda ola.

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lunes, 1 de septiembre de 2014

Penurias en Kindle

Resulta que la versión Kindle de Un leve desliz me ha estado dando muchos dolores de cabeza. Para comenzar, Amazon insiste en descuadrar todo lo que pueda de la maquetación. Aparte, no importa cuántos arreglos haga al archivo, los pobres lectores que hayan comprado alguna de las versiones deficientes no tienen acceso a las actualizaciones arregladas, sino que deben contactar al departamento de quejas directo y pedir que les arreglen el formato.

Qué vergüenza con mis pobres (y contadísimos) lectores…

En fin.

Lo que intentaré a continuación es crear mi siguiente libro (ya solo faltan unas cuantas horas de edición y otras cuantas de diseño de portada para iniciar el proceso de publicación) en versión HTML, íntegro. De esa manera, que haga Kindle lo que quiera con él. Es que, aunque uno prepare el libro en versión epub o mobi, que deberían traducirse directo en cualquier lector móvil, Kindle insiste en convertir todo a formato KR8, que dizque es mejor.

Bueno, luego comparto con ustedes enlaces y demás cosas cuando ya esté listo el nuevo libro. Es la primera parte de la secuencia Homo Eternus, y se llamará Saciedad/Satiety, publicado en inglés y español en el mismo tomo. Quería crear una versión paralela, pero Kindle es una plataforma muy tarada y no permite crear columnas, que sería lo ideal. He decidido publicar esta primera parte y después la segunda, Finitum capax infiniti, en lo que escribo la tercera parte (porque mi esposa dijo que era necesaria).

Ya veremos cómo sale este nuevo proyecto…

lunes, 11 de agosto de 2014

Nueva publicación en Kindle

Disponible en Kindle,
haz clic para comprarlo
Regresamos a las andadas. Hoy he comenzado el proceso para publicar una antología de todos mis relatos cortos que he publicado en los varios foros literarios y en la güeb. Algunos ni los recordaba. Hay otros que me parecen deficientes. Como sea, los puse todos allí, juntos y revueltos, para que semejen la vorágine que me escurre entre las cejas.
Por cierto, este libro lo preparé por completo en mi nuevo iPad Air, con el programa Pages. La portada la diseñé con el programa Sketch Pro. Los textos mismos, esos sí quién sabe de dónde salieron…

Una vez que Amazon me publique el libro, voy a dejar una pestaña dedicada a él allá arriba, en la barra de enlaces.

Gracias por acompañarme en este perenne y leve desliz hacia lo insano.

martes, 3 de junio de 2014

Freddie Piedrahita me entrevistó

El señor Freddie Piedrahita tiene un podcast donde nos reproduce canciones de antaño y donde también tiene un rincón literario, donde entrevista a autores consagrados y principiantes.

Tuve la fortuna de ser entrevistado por él en su programa «Ondas de la bahía». Fue una conversación bastante amable y cómoda, donde tuve la oportunidad de presentarme al mundo y compartir algunos detalles sobre mi vida (aparte de haberme autopromocionado con descaro).

Los convido a escuchar el programa:

Ondas de la bahía

Les dejo una copia del episodio:



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domingo, 23 de marzo de 2014

El Huicho

Caminaba por el Eje Central, cerca del centro de la Ciudad de México, ensimismado con la vorágine diaria de preocupaciones urbanas: que si tengo cuentas por pagar, que si en cualquier momento me despiden del trabajo, que si la vecina de nuevo me llamará cuando su marido salga de viaje… En otras palabras: pensaba en todo y en nada, y al mismo tiempo guardaba cuidado de mis alrededores, pero distraído de cualquier modo.

De repente, noté con el rabillo del ojo a un tipo arrodillado a media calle, recogiendo algunas monedas del suelo e ignorando por completo al autobús que se abalanzaba hacia él a varios metros de distancia. Una muchacha parecía increparlo desde la acera. El conductor del autobús tal vez estaba distraído, porque ni pitaba el claxon ni disminuía la velocidad. Mi reacción normal como recio urbanita hubiera sido encoger los hombros, voltear la cara y apretar el paso. Al contrario, di media vuelta raudo, di tres zancadas, le eché mano al cuello de la camiseta del tipo y lo arrastré con todas mis fuerzas hacia la acera. Entonces sí hubo gran conmoción entre el claxon y el chirriar de las llantas del autobús, y varios automóviles se unieron a las festividades al estrellarse en la retaguardia del autobús. Entre una neblina de palabrotas y gritos, el causante de la baraúnda solo me sonrió, me dio las gracias, se incorporó y se alejó a paso tranquilo, con la muchacha siguiendo sus pasos e increpándolo de manera copiosa pero sin enojo real. Más bien parecía hastiada con todo en general y en particular con el tipo. Yo seguía tumbado en la acera y cuando intenté incorporarme, noté a una anciana sentada en la acera a pocos metros de distancia. Frente a ella, también en el piso, había una manta extendida en el piso, mostrando algunos dulces a la venta. La anciana meneaba la cabeza de lado a lado con una sonrisa socarrona puesta de lado en su agrietada cara.

—¿Se te olvida algo? —y apuntaba con una mano marchita hacia la calle.

Sorprendido y horrorizado, miré un cuerpo idéntico al mío que yacía justo frente al autobús. Peor fue mi sorpresa cuando, al mirar hacia abajo y cerciorarme de que no estuviera alucinando, noté que en lugar de manos, tenía alas. «¡No mames! ¿Qué chingados es esto?».

Me incorporé a toda prisa con la intención de acercarme al horrible cuerpo frente al autobús, pero la anciana alzó la voz y me dijo que fuera a ella. Supongo que la curiosidad me venció, así que obedecí.

—Tienes que buscar al dios, porque solo él puede meterte de nuevo en tu cuerpo.

—¿Cómo? ¿Qué…?

—Sí, muchacho, el dios, el que estaba a media calle. No lo hubieras tocado, pero no sabías lo que podía suceder… Apúrate o lo vas a perder de vista. Se fue por allá —y ahora apuntaba su garra hacia la esquina.

Sin entender nada, como sea me encaminé hacia la dirección indicada. A un par de calles de distancia reconocí al tipo parado frente a una pared. Escribía garabatos con una lata de pintura en aerosol. Al acercarme, pude leer lo que decía: «¿Problemas? Llama al Huicho, tu dios servicial. 555-55-55».

«Qué ridiculez», pensé, «ni siquiera es un número real». Y luego pensé que era más ridículo que me enfocara en eso de entre tanta otra ridiculez.

—Oye, disculpa, pero dice una vieja que me puedes ayudar. Necesito…

—¡Nada, nada! ¡Si quieres que te haga un trabajo, debes llamar a la línea directa de atención!

Iba a discutir, pero la muchacha que lo seguía meneó la cabeza enfática y apuntó con el dedo al tipo y luego con el mismo dedo describió pequeños círculos sobre su sien. Mensaje recibido, está más loco que una cabra. Di un resoplido, mezcla de resignación y desesperación, y saqué mi móvil del bolsillo del pantalón. Marqué el número. De inmediato, sonó la tonada de La Cucaracha y el tipo frente a mí sacó su propio móvil para contestar.

—¡Hola, hola, hola, hola! ¡Aquí el Huicho, tu dios servicial! Precios económicos y satisfacción garantizada. Dime todo.

—¿En serio? —ya había bajado el móvil y lo miraba, apretando los dientes y el puño libre.

—Nada, nada, no te me encabrones, mi rey, que hay que cumplir todas las reglas. 'Ora sí: dime pa' qué soy güeno. Ah, y recuerda: debes ofrecer sacrificios pa' que se cumpla tu petición.

—¿Cuáles sacrificios? ¿A poco parece que cargo un borrego y un altar conmigo?

—Dale lo que sea que tengas en los bolsillos —interrumpió la muchacha, con voz aburrida—. Este pendejo no tiene preferencias. Claro, si fueras generoso, a lo mejor nos pagarías dinero, pero, como ya dije, este es un tarado que no entiende que hay que ganar dinero para comprar cosas. Vamos, dale lo que quieras, pero apúrate antes de que se distraiga y se largue sin rumbo, como siempre. Y dile tu deseo.

Me hurgué los bolsillos y solo encontré las llaves de la casa, mi cartera y un paquete abierto de goma de mascar. Le dí la goma de mascar.

—Por favor, regrésame a mi cuerpo.

—Claro que sí, no hay problema, te pongo en la lista de espera. Es que ya prometí que vamos a cambiarle el aceite del coche a un tipo y que vamos a buscar el perro extraviado de una tipa. O algo así… En cuanto acabe con ellos, regreso contigo. Espérame donde nos conocimos. ¡Adiosito!

El tipo y la muchacha desaparecieron.

Resignado, regresé a esperar al sitio del principio. Claro, todavía no habían llegado la ambulancia ni los bomberos ni la policía, y no parecía haber muchos curiosos alrededor. Los conductores del autobús y los automóviles del percance se encontraban a media disputa a gritos y sospeché que era cuestión de segundos antes de que se valieran de los puños. Me senté junto a la anciana para indagar más sobre el tipo raro. Bueno, ni tan raro, sino más bien orate. Tenía facciones indígenas, y vestía vaqueros azules y camiseta roja. La camiseta tenía impreso un pequeño corazón amarillo con las letras CH en medio. No se notaba desnutrido ni desaseado. El buen humor parecía bullirle hasta por las orejas. Y aun así era alguien que podría olvidar muy fácil. No así la muchacha: su vestido negro de seda muy corto acentuaba un cuerpo de curvas muy atractivo, pero andaba descalza. No obstante, ella se veía muy desaliñada y fatigada.

—Pobres dioses olvidados —a propósito de nada, como sea el comentario de la anciana me llenó de aprensión—. Andan por el mundo sin ton ni son, sin saber que lo único que necesitan es olvidarse a sí mismos para ser felices. Ya ves, como el Huicho. Pasa los días cumpliendo trabajos insignificantes y humillantes porque piensa que así tendrá la devoción de los hombres de nuevo. Pero ya nadie cree en él. Nunca más creerán en él…

—¡No me diga que usted le cree a ese tal Huicho que es un dios!

—¡Claro que lo creo! Los dioses caminan entre nosotros. Quizá no son como ahora nos los pintan: no son todopoderosos, no lo saben todo, pero lo que es cierto es que viven para siempre. Mi tatarabuela me decía que los dioses nunca fueron espíritus humanos y que son mentiras que ellos crearon al mundo. Son espíritus que tienen poderes grandes y milagrosos, que pueden controlar las fuerzas del mundo y que pueden susurrar secretos en los corazones de los hombres. Pero no pueden llevarte al cielo o al infierno. Y no pueden crear nada nuevo. Solo pueden destruir. Todo lo que tocan, mancillan. Sus bendiciones son de paja y sus favores saben a arena en gargantas sedientas. Bueno, eso es lo que decía mi tatarabuela, vaya usté a saber…

—¿O sea, que son como demonios o ángeles?

—No, nada de eso, esos son otros cuentos. Los dioses son como fuerzas elementales que existen en los mundos. Si solo sabes cosas de cristianos, entonces son como las Potestades y los Principados, o algo así, según el libro de los cristianos. Pero es culpa de los hombres que haya dioses. Esas fuerzas no tenían conciencia antes de que los hombres soñaran que había dioses que controlaban el viento y la lluvia y el trueno, y cuando los hombres comenzaron a buscarlos y a ofrecer sacrificios y a entregar su adoración, esas fuerzas cobraron conocimiento de sí mismas y asumieron las personalidades que los hombres les achacaban. Ahora, en este mundo moderno, los hombres ya no sueñan con los dioses y los han olvidado. Pero eso no significa que hayan desaparecido. Como dije, no pueden morir, así que toman nuevos disfraces.

—¿Como el Huicho?

—Así como el Huicho hay pocos. Muchos otros dioses han encontrado nuevos trabajos. Cuando vinieron los conquistadores, le prohibieron a los indios seguir adorando a sus dioses. Eso es algo imposible, así que los indios siguieron venerándolos, pero les dieron otros nombres: los nombres de los santos que aprendieron de los curas. Así que Tlaloc, Tezcatlipoca y otros cuantos ahora trabajan bajo otros motes. Algunos dicen que Quetzalcóatl obtuvo el puesto más codiciado, el del salvador del mundo, pero son solo rumores.

—Y este Huicho, ¿cuál dios era antes?

—¡Uy, no, muchacho! ¡Esas cosas no se dicen en voz alta! ¡Ja, ja, ja, ja! Pero… ya soy una vieja al portón de la muerte y tú no eres más que un fantasma, así que te voy a contar el chisme: el Huicho es uno de los dioses de la calamidad. Nada de lo que hace por ayudar a la gente le sale bien. Arruina todo y a cualquiera que se cruza en su camino le trae mala suerte. La razón por la cual intenta ganar de nuevo el favor de la gente a como dé lugar es porque era el dios principal de los aztecas: ¡Su nombre real es Huitzilopochtli, el dios de la guerra! Vaya, veo que no estás muy impresionado que digamos… Pero déjame decirte otro chisme más jugoso: la muchacha que lo sigue es un fantasma de otro mundo.

—Pues si es marciana, en Marte están muy buenos.

—No, ¡cuál Marte ni qué ocho cuartos! Ella viene de otra Tierra, de otro tiempo. Le dicen Chío, pero su nombre real es Xiuhcóatl. Ella era el arma más mortífera del dios de la guerra. Era la daga que parte el cielo. Creo que el Huicho todavía no se da cuenta de quién es Chío en realidad, pero cuando lo sepa, ¡ay, Dios! ¡Va a desatar horrores inconcebibles, peores que cualquier Apocalipsis! No, no pongas esa cara, no hay nada qué hacer al respecto. Ojalá pronto regrese el Huicho y te conceda tu deseo. Quizá no recuerdes nada de esto cuando estés de regreso en tu cuerpo, pero si algo recuerdas, que sea la necesidad de vivir feliz y disfrutar el resto de tus días. Mucho sospecho que van a ser muy cortos…

La anciana y yo hemos esperado varios días, pero el Huicho no ha vuelto todavía.

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