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lunes, 11 de agosto de 2014

Nueva publicación en Kindle

Disponible en Kindle,
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Regresamos a las andadas. Hoy he comenzado el proceso para publicar una antología de todos mis relatos cortos que he publicado en los varios foros literarios y en la güeb. Algunos ni los recordaba. Hay otros que me parecen deficientes. Como sea, los puse todos allí, juntos y revueltos, para que semejen la vorágine que me escurre entre las cejas.
Por cierto, este libro lo preparé por completo en mi nuevo iPad Air, con el programa Pages. La portada la diseñé con el programa Sketch Pro. Los textos mismos, esos sí quién sabe de dónde salieron…

Una vez que Amazon me publique el libro, voy a dejar una pestaña dedicada a él allá arriba, en la barra de enlaces.

Gracias por acompañarme en este perenne y leve desliz hacia lo insano.

viernes, 24 de agosto de 2012

The girl in the darkness

For Zyanya


She spent all evenings alone, kept in the dark, all doors and windows barred and boarded over, never understanding why.

There was an endless parade of strangers taking care of her. There must have been feeding her, for she was never hungry, but never remembered what she had eaten last, nor when. They must have been grooming her, for she was never in rags, but never remembered when she had bathed or dressed, nor when she had not. They must have been taken good care of her, but, for the life of her, could not remember a single instance of sharing anything with anyone.

She sensed their disgust. She felt their fear. They loathed her, yet kept her pristine. But alone. There was never a kind word, never a moment of warmth or even kindness. And she could not remember if it had been one night only or a week or a month.

And she was alone, always.

What had she done? Who were her keepers? Why did they provide everything but shared nothing?

She imagined herself the worst person in the world to deserve such isolation. But she rebelled at the thought, sensing in her heart that she was only she, a very young girl alone. And shunned for no reason.

That one night the memory of father and mother and siblings came to her, and the pang of longing was greater than the ocean, more bitter than her loneliness, and she sought to escape.

But her boxed-in room was mighty, and though she tried to pry the bars and loosen the boards, there was nothing in the room that she could use as a tool. She was surprised to notice for the first time that night (that week, that month, that year?) that there was only soft bedding on the empty floor of her room and nothing else. No furniture, not even a chamber pot. She was surprised to find all her efforts in breaking free repaired and reinforced. Had she not just pried a board off a moment ago? Had she not just slightly bent one of the bars? Maybe it had been last night. Or the night before. She could not remember.

Instead, she worked at scratching the floorboards a little at a time, around the nails that secured them. After a night, or after a week, or after a month, she was able to loosen several nails, and then she would carefully place them back, but loosely. And after however long it took her to do so, one night she was able to lift off half of the floorboards and crawled into the night.

She wandered. She did not know any of the places that the night showed her. There was no moon, only strange stars. But finally her errant feet carried her to a familiar park. She remembered a house where mother and father and siblings must be waiting for her, close to that park. She imagined them sick with worry and tears on their face, not knowing where she had been.

When she finally remembered which house at the edge of the park used to be her childhood home, the Sun peeked over the line of roofs, filling the world with red magnificence.

She wept.

The girl who had been kept in the dark burst into flames.

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sábado, 18 de agosto de 2012

Caveat emptor

Cuando Rosie decidió que ya era hora, oprimió el botón y dejó de preocuparse al respecto.

No es como si hubiera sido el fin del mundo, ni nada parecido, pero ese botón de «aceptar» era suficiente para deformar el universo que la había contenido hasta esos momentos. ¿Quién lo hubiera imaginado? Todo trámite en línea, sin necesidad de comparecer ante ningún investigador privado ni ningún abogado de mala calaña. Fue suficiente llenar los datos necesarios en los espacios requeridos para poderse deshacer del lastre acarreado por una década. Pinche lastre humano, pensaba ella. Pero sin evitar una o dos lágrimas por todos los quizaces perdidos y la profusión de grietas en todas las ilusiones nuevas que acarrean los besos fugaces y los encuentros apretujados a escondidas, hasta que el sigilo y la disimulación son innecesarios: muy después de que todos en la oficina y el resto de sus amistades estuvieran hasta aburridos con la novedad de ese nuevo amor a escondidas. Claro, él perjuraba que no pasaría siquiera otra semana sin que le avisara a la harpía de su esposa separada que ya no habría posibilidades de reconciliación. Pero mentía, igual que el resto del tiempo…

Increíble: oprimir «aceptar» y lograr conseguir en Craig List quién le solucionara el problema de manera definitiva: desde mañana, nadie vería de nuevo a José Manuel, por la módica suma de cinco mil dólares estadounidenses.

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viernes, 17 de febrero de 2012

Despertando (que es gerundio)

Despertando (que es gerundio)
Abriendo los ojos y desperezándose incómodo por la pesadez de malos sueños llenos de persecución y piernas impotentes, dándose cuenta de inmediato de que todo era igual pero diferente, se tardó unos segundos en aceptar lo que veía. O, mejor dicho, lo que no veía pero debería haber visto: El mundo.

Alrededor, y de una manera tan insistente que no podía distinguir con precisión el fin de su entorno y el comienzo de sí mismo, había un vacío total. Era una nulidad luminosa, que su mente de inmediato reconoció como una falta total de todo, hasta de obscuridad. Una diafanidad que se extendía hasta adentro de sus ideas.

Pero, una vez aclimatado a esa falta de todo, desconcertante en su totalidad, reconoció que no era homogénea sino que tenía una concentración de algo, una eclosión de un punto de solidez que aparentaba estar enfrente, a un lado, al otro, arriba, abajo, detrás, debajo y por encima, todo al mismo tiempo, sin que pareciera disparatada la idea de encontrarlo precisamente allí.

Era la imagen de un punto, si se pudiera imaginar un algo sin espesor, grosor ni altura. Era un sitio en la nada que evitaba detalles y pareciera definirse por su falta de ausencia. Y, al intentar alcanzarlo (¿pero alcanzarlo cómo, sin miembros o cuerpo, siendo tan solo una idea de sí mismo?), sintió (quizá) un tirón violento a lo que hubiera sido su escroto, una sensación de ráfaga repentina, un estrechamiento y presión dolorosos…

Despertando, abriendo los ojos y desperezándose incómodo por la pesadez de malos sueños olvidados, dándose cuenta de inmediato de que todo era igual pero diferente, se tardó unos segundos en aceptar lo que veía: El mundo.

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Mil disculpas a Nozick, Nietzsche, Barkley, Kant, Descartes, Baudrillard, Kierkegaard y Wittgenstein, entre muchos otros. Y a mi perra, por tener que oirme declamar este cuento una vez tras otra.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Brilla la estrella

Dedicado a todos mis amigos virtuales. Por nombrar algunos: Mónica, Ricardo, Lupita, ustedes saben quiénes son en el cíberespacio.

—Pero…

—No hay nada que debatir. Y es que no hay nada que hacer al respecto. El Concilio de Ancianos ya lo decidió y usted debe acatar nuestra decisión. Lo exhortamos a que comparta estas últimas semanas con sus seres queridos, y que encuentre alguna manera de hacer las paces con esta situación. Esta sesión queda cerrada.

El Científico baja la mirada al suelo, aún demasiado colérico como para sentir el abatimiento que lo ha abrumado desde que hizo el descubrimiento. Mientras, el resto del Concilio de Ancianos sale de la Sala Convocatoria. La sala es parte de la ciudadela, que sirve como capital no solo al planeta, sino a toda la Federación. Cuando hay asuntos de extrema importancia para todos, el Concilio de Ancianos se convoca y asisten en persona desde los cinco planetas. Así se ha hecho desde el comienzo de la Federación, hace siete mil quinientos años.

Uno de Ancianos Gobernantes se desprende del grupo que se retira, y se acerca hasta el Científico, deteniéndose a un paso de distancia y poniendo su mano sobre el hombro del Científico, que es la personificación de la angustia suprema.

—Hijo, sabes bien que no podemos hacer nada…

—Pero Padre, ¡hay que tomar alguna medida!

—¿Acaso no fuiste tú mismo quien calculó la fecha aproximada del evento?

—Cierto, dentro de tres semanas nuestra estrella primaria expulsará su fotósfera, causando a su binaria a ejecutar una supernova doble junto con ella. Sin embargo hay que hacer algo al respecto, hay que avisarle a la gente, hay que hacer preparativos…

—Hijo, bien sabes que el pulso ultravioleta inicial calcinará a todos los planetas de este sistema hasta a un décimo de su radio de profundidad. Y medio segundo después el resto de la estrella pulverizará todo hasta que no queden más que moléculas sueltas, a un diámetro de varias Unidades Astronómicas. Hijo, para escapar habría que tener naves espaciales que pudieran viajar más rápido que la luz, y hubiéramos tenido que partir desde que hiciste el descubrimiento para poder estar a salvo. No existen esas naves. No tenemos salvación. Ven, vayamos a mi casa en la playa. Allá nos esperan tus hijos.

—No, Padre, hay que buscar alguna manera de…

—Hijo, si no vienes conmigo, no irás a ningún lado. ¿No ves a los guardias a las entradas? Tienen órdenes específicas… Vamos, nos espera la familia.

La rabia y la impotencia se escurren sobre las mejillas del Científico mientras se hunde de rodillas hasta el piso. Su padre lo mira con compasión, pero con firmeza.

—Eres joven, y por eso te cuesta trabajo aceptar el destino. De seguro que algún provecho tendrá nuestro sacrificio final. El universo no desperdiciará nada. Quizá llega el final de nuestra civilización, apenas después de brillar por diez mil años. Quizá no haya memoria de nuestros héroes ni de nuestros errores. Pero de algo le servirá al universo. Vamos, tus hijos esperan…


Muchos millones de años después, algunos hombres sabios en la región conocida como el oriente de un planeta repleto de agua y vida alzan su mirada y se preguntan entre exclamaciones de asombro sobre el significado de la estrella que aparece fulgurante en el firmamento. Sus limitados conocimientos no incluyen la comprensión de que la luz de esa estrella tuvo que viajar millones de años por el espacio sideral para alcanzarlos. Pero si no tienen conocimientos, sí tienen fe. Consultan sus profecías y sus escritos, y logran adivinar que el astro anuncia la llegada del Rey, que nace en la lejana tierra de Nazareth, y arden en deseos de irle a adorar.

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Lo que es ser hombre

Era un hombre bastante serio, y en poco tiempo no lo considerarían joven todavía, como para ser el prometido de esa chamaca adolescente. A pesar que ella fuera pariente lejano, no había en realidad mayor inconveniente para comprometerse con ella, excepto por el detalle nimio de que ella regresó embarazada, después de haber estado una temporada de visita en el pueblo de su prima.

Creyó que sería conveniente abandonarla y marcharse lejos en secreto, para evitarle el oprobio y las malas lenguas, pero en noches de sudorosas contiendas con el sueño, vez tras vez la misma voz de autoridad le infundía aliento a que tomara a la chica como esposa sin mayores miramientos. Decidió hacerle caso, y juntos entablarían el viejo mexicanismo que reza: «a lo hecho, pecho».

Con rostro adusto recibió las noticias de presuntas legalidades y trámites que deberían realizarse en su tierra natal, a pesar de que ahora residiera en provincias lejanas. Como pudo, logró hacer arreglos necesarios para proveer el mínimo de comodidad a su prometida, puesto que sus cuarenta semanas de gravidez estaban muy próximos. Excepto que, por lo imprevisto del viaje y por la muchedumbre que tenía que cumplir los mismos trámites, fue imposible conseguir hospedaje con anticipación.

Estoico, resolvió buscar la solución una vez que arribaran al pueblo, pero fue imposible. Supongo que la cara de dolor y angustia de su novia adolescente consiguió que alguien se apiadara de ellos y les ofreciera un rincón, para pasar la noche y que pudieran aunque sea descansar un poco.

Con la misma ecuanimidad de siempre, hizo lo que pudo por ayudarle a su novia cuando llegó el momento del parto…

Los bebés cambian todo; ningún corazón es inmune…

… y al poco tiempo aquellos oriundos trabajando a la intemperie, de noche, los buscaron y los encontraron, porque ángeles del cielo cantaron aleluyas, y porque ellos también desearon con fervor poder ver al niño recién nacido.

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sábado, 10 de septiembre de 2011

Demencia

«Cuenta la leyenda que una vez que Lucifer fue mandado al mundo a que le enseñara a los humanos cánticos de alabanzas dignos de la majestuosidad de Dios, en el cielo hubo un problema mayor. Si Lucifer, ángel de la música y estrella matutina, había errado en creer que él tenía mejores ideas que Dios con respecto a los planes Divinos para la humanidad, entonces Azazel, ángel del rechazo y estrella vespertina había desnaturalizado por completo los planes de Dios sobre la vida y la muerte.

»Azazel, presa del miedo por no saber distinguir si era mejor la vida que la muerte, comenzó a ingerir la fuerza vital de lo que se le pusiera enfrente, fueran soles o fueran flores. Tanta fuerza vital consumió, que el universo entero temblaba cuando él tenía escalofríos de terror.

»Su error final fue creer que podría consumir la fuerza vital Divina, y fue ante Dios con la intención de consumirlo a Él, y poner fin de una vez por todas al terror que lo agobiaba a cada momento de su existencia. Ofuscado por el terror en su corazón, no entendió que cada uno de los ángeles, al igual que toda otra cosa en el universo, proceden de una parte de la mente de Dios, y que no había nada que él supiera sin que Dios lo supiera de antemano.

»Dios no tuvo sino que alzar su mano diestra para que Azazel cayera postrado ante Él, impotente. Porque no habría nada más poderoso que pudiera encerrarlo y limitarlo, Dios tomó a Azazel y le arrancó la piel, usándola como un saco donde verter las entrañas del ángel una vez que fuere extraída la fuerza vital robada, y regresada a los círculos del mundo, a que cumplieran su cometido de impulsar a la rueda de la vida y la muerte. Dios tomó el saco y lo selló en los rincones del mundo, para que aguardara los tiempos finales.

»Desde ese entonces, casi desde el principio del mundo, Azazel sigue en espera a que se extinga para siempre la rueda del tiempo y que los círculos del mundo puedan conocerse tal y como eran, antes de que viniera la vida y la muerte, antes de que hubiera el terror de lo material.

»Toda la demencia en el mundo es una simple resonancia con el alma de ese ángel apresado en su propia piel. Cada que tiembla, cada que se menea inquieto en el saco que lo aprisiona, Azazel hace que el mundo resuene con la demencia de su alma.

»Pero el comienzo de todo terror es lo siguiente: cada ángel fue creado en una parte especial de la mente de Dios. Cada uno de ellos trajo al mundo lo que allí encontró: Lucifer fue creado en música; Azazel fue creado en terror».



Anotación en tinta al margen de las páginas finales del Necronomicon en la colección restringida de la Biblioteca del Congreso de la Nación estadounidense






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jueves, 8 de septiembre de 2011

Acausal

En realidad, no valía la pena darle otro vistazo a don Gumecindo. Con sus gafas culobotella, su panza cervecera, su andar cabizbajo, sus hombros redondeados y su vestimenta pasada de moda apenas si se notaba cuando entraba y salía de su modesta casita al final del callejón. Las comadres apenas se interrumpían para el buenosdías de rigor cuando pasaba Gumecindo cada mañana hacia su morada, y pocos notaban que al atardecer salía con prisa hacia la estación local del metro, cargando en la mano derecha su habitual mochila de deportes con bultos insignificantes.

* * *

Cuando Laura era niña creía que era alguna memoria esa obsesión de sentirse arrebatada por un torbellino repleto de gritos y explosiones. Su memoria más temprana —o lo que ella consideraba ser una memoria y que su abnegada madre siempre disculpaba como pesadilla recurrente— era de una angustia total y de la lejana figura paterna que se enmarcaba más que nada por su desaparición.

Laurita, comprende, cariño, que tu padre falleció cuando apenas eras muy pequeña, y no tienes en realidad recuerdo alguno de él, le insistía su madre con cansancio y un poco de desesperación cada que esos recuerdos surgían vez tras vez en forma de pesadillas recurrentes.

Y Laura creció con la inquietud de averiguar si esos sucesos fuesen realidad, gastando su amplio intelecto en conseguir diplomas de periodismo y redacción en las escuelas públicas, que por las circunstancias su madre soltera fue lo único que pudiera proveerle cuando Laura anunció a los cuatro vientos que el periodismo fuere su único anhelo.

* * *

Unos quince años antes, cuando Gumecindo se llamaba Alfredo y su hermano Carlos era presa de la heroína, existía una familia integrada por madre y padre y bebé de dos años de edad. En esos entonces, la madre de Gumecindo-Alfredo era una viuda incapaz de mantenerse al tanto de un adicto a las pastas con su mísera pensión del gobierno municipal del Estado de México, y su primera reacción fue encargarle al hijo enajenado al hijo misterioso, recién regresado de años de ausencia más allá de la frontera norte. Alfredo tuvo la dudosa suerte de pasarse su juventud como bracero, según él, laborando en los Estados Unidos y mandándole a su madre ingresos sin explicaciones ni justificaciones. Su madre, mujer práctica y sin curiosidad innata, recibía los cablegramas repletos de dólares sin preguntarse ni por un momento el esfuerzo ni el sacrificio que su hijo hubiere realizado por conseguirlos, pero sin fallar ni una ocasión en agradecerlo de corazón.

Alfredo nunca se quejaba, y sus cartas y llamadas telefónicas eran ejemplares de devoción filial al comentar trivialidades de noticias de la farándula y de los políticos de moda, sin revelar mucho de su vida privada.

Una vez regresado a la capital de México, junto con joven esposa y pequeño bebé, al momento en que su madre le rogó que se encargara del hermano Carlos y su debilidad por los opiáceos, Alfredo solo asintió con la cabeza y nunca protestó su suerte, ni se quejó de sus obligaciones.

* * *

Como suele suceder, el hermano Carlos llegó a la encrucijada donde su adicción sobrepasó sus míseros recursos financieros, y poco a poco se enterró en la deuda de quien lo suministraba en la localidad. Igual, como era costumbre, el que le proveía de estupefacientes llegó a creerse intocable e invencible y cometió el error de visitar a Alfredo una tarde fatídica para exigirle pagos pendientes.

Alfredo, como era su costumbre, al regresar de trabajar en la fábrica de puertas de aluminio, estaba tomando un breve descanso en lo que la cena quedaba lista y mientras su esposa paseaba al bebé por el parque local, en la carreola, haciéndole plática a los vecinos o enseñándole a su pequeña bebé los nombres de pájaros, nubes y árboles en el trayecto del parque al hogar, cuando llegó la desagradable visita.

El traficante de drogas local era conocido como "El Chulo", y siempre se hacía acompañar por la Güendi y la Remedios. Según él, no había mejores guardaespaldas, puesto que ellas eran muy curvilíneas, aparte de ser psicópatas despiadadas, que no dudaban en acuchillar a quien les pusieran enfrente. Eran muy infames por ser crueles y despiadadas, aparte de gozar la dudosa fama de haber matado a una docena de infortunados entre las dos, sin contar los asesinatos que hubieran realizado en secreto.

* * *

Cuando Alfredo había sido joven y vivía en los Estados Unidos, había cursado la preparatoria en una escuela pública. En el último año de la preparatoria, Alfredo había conocido a la chica de sus sueños, e hizo su mayor esfuerzo en cortejarla y conquistarla. Llegó el momento en el que era costumbre que los chicos invitaran a las chicas al baile para celebrar el primer juego de fútbol americano en el estadio local. Pero a lo largo de varias semanas Alfredo había estado sintiendo un deseo más allá de cualquier deseo que un adolescente siente a la corta edad de diecisiete años: deseaba matar a alguien. Completamente espantado por sentirse así, Alfredo decidió la noche del baile que era mejor olvidarse de la hermosa chica y que debería marcharse lejos y nunca más cruzarse en la vida de personas normales.

Alfredo decidió enlistarse en las Fuerzas Armadas y quizá morir en la nueva guerra en Mogadishu.   Cualquier cosa sería mejor que sentir ese deseo de ver correr ríos de sangre entre sus dedos en compañía de chicas tan hermosas como Clara, la muchacha de sus sueños.

Buena o mala fortuna, quizá, pero Alfredo fue reconocido por quienes saben de esos menesteres que era una persona especial, y que gozaba de cierta "flexibilidad moral", muy deseada en integrantes de grupos especiales de ataque en la Armada, destinados a cumplir misiones  en contra de blancos difíciles de alcanzar o difíciles de eliminar, y que requerían de mucho entrenamiento en armas de bajo calibre, armas blancas, estrategias terroristas y en combate de mano a mano.

Alfredo cumplió su obligación con las fuerzas armadas por cuatro años, y regresó al pueblo donde vivió como indocumentado durante su adolescencia. Montó toda una campaña para reconquistar a Clara, y después de varios meses logró su cometido, declarando sus intenciones de casarse con ella ese mismo año.

La boda fue sencilla, y la feliz novia tuvo al marido más considerado y contento en el mundo. Ella era muy perspicaz, y nunca tuvo la mala idea de preguntarle a Alfredo sobre esas pesadillas que hacían que se despertara sobresaltado, mordiendo las sábanas, o que a veces lo obligaban a brincar de pie sobre la cama y gritar como poseído por el demonio. Ella se limitaba a apaciguarlo con caricias, y lograba que sus músculos temblorosos descansaran sobre su regazo después de largos minutos de acariciarle el cabello con sus largos dedos.

Después de pocos meses ella pudo darle a Alfredo la feliz noticia de que un bebé venía en camino.

* * *

Esa fatídica tarde, cuando el Chulo decidió visitar a Alfredo en su casa para exigirle el pago de las deudas de su hermano Carlos, Alfredo se encontraba sentado en el sillón, contento de esperar a que Clara regresara con el bebé después de pasear por el parque. La humilde casa de Alfredo tenía la entrada principal por la esquina de la estancia, que tenía ventanales que daban a la calle por un lado, y al callejón entre su casa y la del vecino por el otro lado.

—Con permisito —dijo el Chulo mientras abría la puerta con una mano y golpeaba levemente con los nudillos de la otra mano—. ¿Cómo está, don Alfredo? ¿Sabe quién soy? Claro que lo sabe. Todos en este vecindario saben quién soy. Seguro que ya sabía que un día nos conoceríamos cara a cara, ¿verdad?

Alfredo simplemente respiró profundo, y al ver a su hermano Carlos asomarse por una ventana, meneó la cabeza de un lado al otro levemente, para darle a entender que no entrara a la casa, que se largara lejos, que se pudriera y se enterrara en algún hoyo, o cualquier cosa excepto interrumpir la visita del Chulo. Fue buena suerte que su hermano entendió bien el mensaje y que esa fue la última vez que Alfredo vio a Carlos en toda su vida.

—Disculpe que lleguemos sin avisar… ya conoce a mis socias, esta es la Güendi y esa es la Remedios. No sean groseras y saluden.

Las dos mujeres que parecían vedettes se escurrieron con movimientos voluptuosos por la estancia hasta terminar sentadas una en el sillón al lado del sofá donde Alfredo estaba sentado, y la otra justo a un lado de él, apretándose junto a él de manera lasciva y obscena, estrujando un seno descomunal contra sus costillas y posándole el brazo encima de los hombros. Mientras, el Chulo se paseaba indolente por la estancia, tocando con el dedo las figurillas sobre las mesitas de esquina y pretendiendo leer los títulos de los libros en los estantes.

—Mire, no me gusta desperdiciar el tiempo. Entonces le diré sin rodeos el motivo de esta visita. Su hermano me debe dinero, y alguien tiene que pagar. Podría… insistirle a su hermano para que me pague, pero eso solo me dará como resultado a un drogadicto muerto y una cuenta sin saldar. Mejor hagámoslo de esta manera: usted me paga cada mes una cuota que cubra los intereses de lo que me debe su hermano y de lo que me quede a deber de aquí en adelante, y si gusta, puede pagarme cantidades adicionales para disminuir la deuda. Me ha dicho por allí un pajarito que usted tiene los medios para pagarme… claro, si no los tuviera, entonces podríamos ir a platicar con su madre. De seguro ella encontraría la manera de pagarme…

Los ojos de Alfredo centellaron. Cualquiera que lo hubiera conocido en Somalia sabría que era hora de batir la retirada. Pero el Chulo era un hampón ignorante, y no comprendía que a veces hay peores oscuridades en los corazones ajenos que en los propios.

—Señor… ¿Chulo? Escúcheme, yo no tengo tantos recursos como usted cree. Pero tengo una contraoferta. Lo que podemos hacer es que yo le ofrezco mis servicios de protección. A cambio de ello, usted me paga un sueldo, y de ese sueldo me descuenta la deuda que mi hermano tiene con usted.

—¿Perdón? No te entiendo…

—Es muy sencillo: le ofrezco mis servicios de protección: si usted me paga una cuota, la que usted quiera, entonces yo me aseguro de no hacerle daño a usted ni a sus chicas en ningún momento.

La estancia irrumpió en carcajadas.

La Remedios, sentada junto a Alfredo, tenía en la mano su navaja de muelle, lista para ser usada, y era la que más divertida se encontraba por la situación.

—Qué gracioso es usted, don Alfredo… Quizá usted no lo sepa, pero mis asociados son algunos generales del ejército, ¿entiende? Cualquier daño que usted piense que me pudiera suceder solamente se vería multiplicado sobre su familia, sus vecinos, y hasta sus mascotas. Vamos, no sea tonto, deje de decir pendejadas y quedemos de acuerdo de una buena vez.

Quizá el Chulo y Alfredo habrían llegado a algún acuerdo distinto, de no ser porque en ese momento Clara regresaba de pasearse por el parque con el bebé y estaba a punto de entrar a la casa. En el preciso instante en que Clara giró la perilla para entrar en la casa y que el Chulo, la Güendi y la Remedios voltearon para verla entrar, Alfredo salió disparado como si fuera un resorte.

Cruzó un brazo sobre el pecho para poder agarrarle la mano a la Remedios.

Girando las caderas y apoyándose del sillón, al mismo tiempo lanzó la punta del pie en una poderosa patada contra el esternón de la Güendi, haciendo contacto justo allí, entre la quinta y sexta costilla, y astillando los huesos hacia adentro del corazón.

Con el mismo impulso de la patada dio una maroma hacia atrás del sillón donde apenas había estado sentado. El brazo que apresaba la mano de la Remedios se enroscó sobre el cuello vulnerable de la criminal, y de un apretón violento quedaron rotas las vértebras cervicales. La Remedios tenía una navaja de muelle en la mano que rodeaba los hombros de Alfredo, apenas hacía dos segundos, y Alfredo ahora la tenía en su posesión.

Sin darle tiempo al Chulo para reaccionar más allá de ojos desmesuradamente abiertos y varias malas palabras pronunciadas, Alfredo hizo a la navaja extenderse y se la plantó a medio pecho al Chulo. Como gesto de crueldad, Alfredo giró la mano un cuarto de vuelta, asegurándose de que la navaja quedara completamente atorada entre las costillas, y para rematar rompió el mango para dejar la navaja clavada, sin esperanza de extraerse.

Alfredo se irguió con una mueca de desprecio en la cara, mirando imperturbable los últimos jadeos del Chulo.

Alfredo alzó la mirada para encontrarse con los ojos desorbitados de su querida Clara. Oh, Clara, pensó Alfredo, y le pidió que tomara su cartera, el bolso con lo pañales del bebé, y que se subiera en el automóvil para irse al pueblo de su madre, en el extranjero. Vamos, le insistió, no hay tiempo que perder, allá nos encontramos, vete ya, que no tenemos mucho tiempo antes de que empiecen a buscar a estos tres. ¡Vete ya, te estoy diciendo!

La pobre Clara no atinaba a decir nada coherente entre las lágrimas de miedo y horror ante lo presenciado, y simplemente hizo lo que le habían apenas ordenado.

Mientras tanto, Alfredo tomó de las muñecas a la Güendi, ya que seguía dando respiros agónicos, y la arrastró hacia la cocina. Después de forcejear un poco con la estufa, Alfredo la tumbó a puntapiés, quebrando el enchufe del gas y quitando por fin a un lado el mueble. Sin importarle la horrible fuga de gas, Alfredo retiró una tabla suelta del piso debajo de donde había estado la estufa y retiró de allí varios pasaportes falsificados, una pistola automática con dos cartuchos de carga adicionales, un par de bultos gordos de billetes y un par de granadas de mano.

La Güendi estaba recobrando la conciencia un poco cuando Alfredo le rasgó el vestido y le arrancó las pantaletas. Valiéndose de varios escupitajos, logró humedecer una granada de mano lo suficiente para atiborrársela a medias en la vagina, sin importarle el desgarre y sangrado resultante. Así lo había hecho innumerables veces durante la guerra, y así lo hizo ahora. Jaló el pasador que aún sobresalía y de un empujón la aventó junto a la toma del gas.

Apresurándose a salir por última vez de su feliz hogar, Alfredo lanzó la otra granada sobre el hombro.

Cinco segundos después la explosión resultante hizo temblar a todas las casas en el vecindario, y la casa  quedó hecha añicos.

* * *

Laura andaba de buena suerte: el pretendiente de este mes era oficial novato de la policía, y para impresionarla le había contado detalles sobre un caso de asesino en serie que el departamento estaba investigando en secreto.

Parecía que todas las víctimas eran presuntos traficantes de drogas, pero dadas las condiciones actuales, ningún organismo policiaco o gubernamental se atrevería a nombrarlos como tales. Algunas de las víctimas eran influyentes hasta con el gobierno federal, y esa notoriedad era lo que había movilizado a las autoridades a realizar una investigación masiva.

Las víctimas siempre eran encontradas a pocos pasos de sus automóviles, y tenían pegada una tarjeta a media frente que leía: "Vergüenza".

Laura tenía la esperanza de poder estar presente cuando arrestaran por fin al asesino en serie, que si los rumores fueran ciertos, había despachado ya a veintitrés traficantes de drogas: desde simples traficantes locales hasta dos o tres funcionarios del gobierno federal.

* * *

Don Gumecindo salió de nuevo esa noche bastante apresurado, con su mochila de deportes en mano. Ni uno solo de sus vecinos se percató de ello.

* * *

El blanco en esta ocasión era un oficial novato de policía, que había sucumbido ante la tentación de ganarse varios miles de pesos adicionales al mes por tan solo acarrear un paquete de un bar hacia un centro nocturno al otro lado de la ciudad. El muchacho se había convencido a sí mismo de que era una tarea importante, ya que su sargento era quien le había encargado esa tarea, y quien le pagaba cada entrega por adelantado.

El novato no creía que hiciera ningún mal a nadie, puesto que el paquete podría contener medicamentos… o tal vez documentos importantes.

Pero esta noche quizá sería la noche de suerte, y por fin conquistaría a esa reportera tan bonita, la de piernas fabulosas, que había estado rondando el caso con tal de obtener un reportaje exclusivo. Así que decidió llamarla y pedirle que lo acompañara esta noche, mintiéndole al decirle que estaba a cargo de la vigilancia en el caso del asesino en serie.

Ella aceptó de inmediato, y el policía hasta se puso ropa interior nueva esa noche, pensando que contaría con buena suerte en la conquista de la reportera.

* * *

El policía novato no tuvo la mínima oportunidad: al salir del bar donde invitó a la reportera a encontrarse y tomar un par de tragos, el policía se encontraba entusiasmado de su buena suerte con el paquete especial bajo el brazo. Mientras le lanzaba la mirada más coqueta que podía a la reportera, apenas si tomó en cuenta al vagabundo maloliente que daba traspiés hacia ellos.

Pero mientras el novato pensaba en la siguiente frase de innuendo para sugerirle a la chica que sería mejor que se retiraran a un sitio más íntimo, el vagabundo apenas si los pasó y con una agilidad como de cobra dio un paso a un lado y le clavó una bayoneta en la nuca al novato.

—Maldita sea, ¿por qué no estás a solas, pendejo?

En su ira, el vagabundo rompió el silencio que había guardado por años, y fue tanto su enojo que le dio un cuarto de giro a la bayoneta y rompió el mango, para dejar incrustada la navaja en el cuello, sobresaliendo por enfrente junto con grandes rociadas de sangre arterial.

Todavía temblando del coraje, no reaccionó cuando la muchacha se precipitó sobre el cuerpo del policía, sacó el revólver de su cinturón, y abrió fuego contra él. Tres, cuatro, seis veces, una tras otra, mientras lloraba de miedo y de desesperación.

Gumecindo, antes Alfredo, al principio solo registró unos golpes secos a medio pecho, sin sentir en realidad que la vida se le iba en cada respiro.

De repente, el mundo se le volteó de lado, ya que no se dio cuenta cuando las piernas dejaron de responderle. De lo único que se percataba en ese momento era un rostro juvenil tan parecido a su querida esposa, que perdió hace tantos años con tal de protegerla de la venganza de hampones traficantes de drogas.

—¿Clara?

Fue la última palabra de Gumecindo, quien Laura nunca podría reconocer como Alfredo.

FIN

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miércoles, 7 de septiembre de 2011

La rueda


No imaginó que pudiera doler tanto, pero al menos tuvo el consuelo de que justo al momento en el que su anciano corazón llegó al último de sus dos mil quinientos millones de latidos, justo en el ápice del dolor, pudo ver más allá de lo que solo podía ver con los ojos, y miró ese largo y extraño tunel tenebroso con un punto de maravillosa luz a gran distancia, por donde sentía viajar
                                                                         impulsado por dolorosas contracciones que parecían querer oprimirlo tanto que su interior brotara al exterior; no obstante la luz parecía emanar promesa más que luminosidad y cada vez estaba más próxima, hasta que llegó el inevitable momento en el que irrumpió allí y se encontró con la sensación de conocer a todos los presentes, sobre todo a la titánica figura que lo recibía con brazos abiertos… y desde lo más recóndito del tenebroso tunel flotó hasta él una sola palabra: «¡samsara!», y todo recuerdo y conocimiento se le escapó en la primera bocanada de aire.

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martes, 6 de septiembre de 2011

Vestigio


Ayer volví a sentir la caricia que dejaba la estela del tren al que siempre le pedía un deseo cuando pasaba y sospeché que siempre eso me sería negado, que ninguna ilusión se me cumpliría, que aun satisfecha toda añoranza mañana se me antojaría de nuevo…

Y es que uno despierta y tiene la sensación de que el día se hincha con la posibilidad de novedades, aunque en secreto el alma diga a regañadientes que no es así, que todo lo vivido se recicla como indigestión, como si la vida fuera un bocado rancio que le forzan a uno a tragar cuando apenas da la primera bocanada de aire afuera del útero, y uno se ve forzado a regurgitarlo y reingerirlo vez tras vez. Las mismas sensaciones día tras día: a veces disfrazadas con matices sutiles, pero que siempre se resumen a los cinco sentidos: olores, sabores, imágenes, sonidos… y la piel, como alguna especie de idiota que ignora lo sutil y resiente lo intenso.

Amnesia anterógrada. Palabrejas sin sentido que dijo el médico que acabo de conocer, que me atiende cada mes, según él, y que diligente revisa que las cicatrices en la nuca me estén sanando bien. Me cuenta que algún malnacido decidió arrojar una botella vacía mientras pasaba el tren junto a mí y yo volteaba para ver pasar la locomotora al frente, como era mi costumbre…

Me cuenta el doctor que nunca más tendré memorias nuevas, y que mi límite es más o menos veinte horas antes de que alguna sensación haga a mi cuerpo desprenderse de los nuevos recuerdos. En mi mente solo reside el vestigio del hombre que yo era hasta el momento del accidente, que para mí siempre es apenas ayer. Pero aunque sea hay una brisa agradable aquí. Una brisa…

Ayer volví a sentir la caricia que dejaba la estela del tren al que siempre le pedía un deseo cuando pasaba…

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lunes, 5 de septiembre de 2011

La Quinta Mazorcas

Cuentan los abuelos que la Quinta Mazorcas siempre ha estado abandonada. «Ah, chingado, ¿cómo que siempre? A güevo que tuvo que haber quién la construyera y viviera allí, ¿que no?». Siempre así protesta alguno cuando los ancianos al fin comentan al respecto, después de haberse bebido varios pulques. Y es que cuesta trabajo convencer a los abuelos para que hablen sobre ello, porque nadie del caserío habla sobre la Quinta Mazorcas nunca. Nadie. Solo los que van de paso camino a Aguascalientes o quizá a San Luis Potosí son los que preguntan. O sea, puros forasteros son los metiches.

De niños, cuando nos agarraba la curiosidad y le pedíamos a Tata Chemo que nos platicara sobre la Quinta, nuestros padres nos agarraban a coscorrones hasta hacernos callar. Y curiosamente cuando adolescentes a ninguno se nos ocurriría ir a aventarle piedras a las tapias, o a explorar la casa grande. Era como la mancha de grasa en la pared, la que se forma por las cabeceras de las camas, que realmente nadie nota ni comenta, y que nadie limpia. La Quinta Mazorcas era la mancha en nuestro caserío.

En la pulquería donde estamos acaban de entrar unos gringos, todos descoloridos, altotes, peludos, vestidos con sus pantalones cortos y en sandalias, como si no supieran que para andar en el monte hay que traer botas de las buenas. Vienen con el cuello adornado de cámaras fotográficas y con espejuelos y gorras que no se quitan adentro del local ni por respeto. Y tienen ya cinco minutos preguntando a los abuelos sobre la Quitna Mazorcas. Al fin los abuelos dicen de nuevo su letanía de que nadie ha vivido allí nunca desde el principio, y que nadie sabe nada al respecto. Los gringos hablan recio y se ríen como tarados de todo, y se beben el pulque como si fuera agua, y haciendo su escándalo se marchan en dirección a la Quinta.

Todos los presentes en la pulquería se tornan cabizbajos y meditabundos, y cesan todas las conversaciones. Sin despedirme siquiera salgo de la pulquería y me monto en mi yegua pinta. Tengo curiosidad de ver qué sucede con esos gringos, y es fácil seguirle la huella a su camioneta todoterreno. Me la encuentro abandonada enfrente del portón de la Quinta Mazorcas. Quisiera irme a asomar, a ver si veo a alguno de los gringos, pero la tarde se ha llenado de sombras y los trinos de los pájaros se han convertido en un zumbido lejano que siento con las muelas en lugar de con las orejas. No se escucha a ningún gringo bobalicón por ningún lado, y no pasan ni diez minutos antes de que las sombras me lleguen hasta el corazón y me tiemblen las rodillas, y mejor me regreso a donde dejé amarrada la yegua y me largo de allí.

La Quinta Mazorcas parece estar agazapada en su pequeño claro, al acecho de cualquiera que se arrime demasiado. A espaldas de la Quinta que nadie construyó y que nadie ha habitado hay un maizal que nadie ha cultivado ni cosechado. Las plantas se yerguen diez o doce metros de altura, y las mazorcas parecen sonrisas de soslayo, que saben muy bien qué pasó con esos gringos, que nadie verá de nuevo.

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miércoles, 20 de julio de 2011

Llórame los ríos (reto literario)

Este mes de julio se me ocurrió lanzar un reto en el foro Prosadictos. Se trataba de que alguien propusiera un tema, y cualquiera podría escribir un texto de la extensión que gustara sobre ello. Excepto que el reto era escribir el texto allí mismo, en la ventana de respuesta del foro. Creí que sería una buena manera de ejercitar la organización mental al escribir, y de practicar cómo ajustar el formato sin valerse de Word o de cualquier otro programa de gestión de textos. A continuación les comparto mi intento de escribir un microcuento con el tema "… la primera vez que vio la aurora boreal".



Llórame los ríos



No recuerdan los cómos ni los porqués, y de haber alguno, solo Dios lo sabe: fue el Omnipotente mismo quien los tomó de la mano y así lo dispuso.

Mas ellos Le sirven con gozo y cumplen Sus designios sin rencor…

Excepto que, a la sombra de su corazón de madre, ella gime vientos y llora ríos, y desde la distancia irremontable lo ve a él siempre en lontananza, aun intentando darle alcance.

Ella, Nótt, la primera vez que vio la aurora boreal, entendió que esa sería la única caricia que sentiría de su hijo Dagr en toda la eternidad.

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jueves, 2 de junio de 2011

El árbol de la vida

Hoy fue un buen día: anocheció y todavía no he muerto. Aunque no debería cantar victoria aún, en vista de que sigo rondando estas calles del centro de la ciudad. Tienen la peculiaridad de aparentar haber quedado vacías después de que termina el horario laboral, aunque en realidad sigan repletas pero de sombras furtivas.

Han pasado años y todavía vago por avenidas y callejones, en busca de no sé qué, con tal de que, aun por un momento, pueda sentir algo. Dolor, pasión, ira, hambre, lo que sea, ¡acudan a mí! No obstante, al paso de las décadas todas esas sensaciones se tornan cada vez más fugaces y superficiales, conduciéndome a extremos cada vez peores con tal de sentir de nuevo aunque sea una fracción de las primeras veces: ansío entre tantos besos sentir el primer calor incierto de deseo y ternura; ansío entre tantas heridas sentir la agonía punzante de la primera muerte… Pero todo disminuye, sin importar cuán entusiastas sean mis intentos por recrear esos despertares de las sensaciones, y hoy quedan tan distantes de mí como mi primera vida, cuando todavía me quedaba la esperanza de la muerte.

¿Dónde, cuándo, cómo, quién? No lo sé. O no lo recuerdo, o me da igual… Cada vez que muero siento un breve descanso antes de que el Olvido me embargue el conocimiento y después voy al Negro, a la Nada…, hasta que en mi mente aparece alguna estrella lejana, seguida de otra mucho tiempo después, seguida de la infinidad de ellas durante la infinidad de momentos, hasta que forman una cascada que se vierte en mis ojos y me llena de neblinas que han de semejar rostros, sitios, sensaciones, cosas perdidas en ese peor vacío que llamamos Pasado, y que a veces recuerdo y se convierten en alguna historia, o al menos en antecedentes. Hay memorias de pueblos sin europeos, de pieles de cobre y cabelleras ónice. Hay memorias de familia, hijos y padres, parientes y desconocidos, hasta el momento de la primerísima muerte: un accidente lamentable, un resbalón al borde de una cañada, la respiración que se tornaba en fuego bajo el agua rauda del arroyo, y disolverse en la Nada. ¡El despertar súbito! El terror de encontrarse náufrago en el tiempo y en la vida, tras la asquerosa resurrección a décadas de distancia de los seres queridos. La vagancia del desamparado, hasta de nuevo encontrar la muerte, quizá por propia mano, por desesperanza o agobio.

Una vez tras otra, un esguince de la conciencia y el paso de los años en blanco, sin conocimiento, sin comprensión. Pero con el paso de los siglos, con la acumulación de toda muerte posible, el despertar llega cada vez más y más pronto, hasta que en estos días, cada que muero, regreso y despierto en cuestión de horas. En los últimos años he comprendido a fuerza de ensayos que no importa la brutalidad que me mate, o el grado de destrucción que sufra mi cuerpo: el despertar me trae de regreso completo, restaurado, joven, miserable…

Y vago por las calles, tratando de alejarme lo más posible de esa terrible visión que me sigue los pasos, que nunca está más lejos, y que siempre está a mis espaldas: Yggdrasil se yergue, monumental, despiadado, hermoso, aterrador… Hay otros como yo, y los veo a la distancia, pero igual que la imagen de ese Árbol de la Vida que solo puedo ver si lanzo la mirada sobre el hombro, a esos otros nunca los tengo cerca. A la distancia, sentimos piedad unos de los otros.

Y nos maldecimos para siempre.

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jueves, 7 de enero de 2010

Hace frío, es invierno


Esta mañana la ciudad de Dallas, Texas, EE.UU. amaneció a 27º Fahrenheit, con el factor viento creando una temperatura de tan solo 1ºF. La equivalencia en centígrados es de cerca de -3º y el factor viento empujando el mercurio hasta los -16º.

No es tan frío como, por ejemplo, Canadá, que todos los años registra temperaturas de cerca de -40º centígrados, y donde el gobierno tiene que darle refugio a las personas para que no mueran congelados en sus moradas.

Como sea, hace bastante frío, cómo no…

Afortunadamente, mi esposa me alegró el día al dejarme un poema lleno de sabiduría pero escrito con aplomo, al estilo Zen Budista. Se los comparto. En una nota escrita con letras temblorosas en una envoltura bastante arrugada de pastillas para la tos, escribió lo siguiente, dejándome su hermoso poema al frío invernal pegado con cinta adhesiva en la puerta de la entrada:



«¡No mames!¡Qué puto frío hace!»

Fin.


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sábado, 27 de junio de 2009

"Dawn of The Thriller," by Pepsi

It just can't be.

It seemed the most absurd thing in this world-wide world: that I should be asleep as Michael Jackson died. I wanted to stick my head into the kitchen's sink. What I did, though, was to dash the coffee, mug and all, into the basin. It hit the faucet with all my single-setting rotten mood turned up to eleven. "But today is just another day," I objected. "Chillax, surely you've misunderstood. It could be that only Farrah died," I told myself while I got me a more robust coffee.

“It's just stupid that I gotta go to work, I could call in and tell them I ain't there, that I am not coming. It should be so logical, that I wouldn't even need to explain to them why."

As incredible as it may seem, I took off from home like always. "Maybe I'm the only one going to work today," I thought. "Maybe people don't even exist anymore," I said out loud. "Maybe the only ones that made it were the ones that were asleep, for the moment," I screeched.

I wondered how the day could possibly dawn without Michael Jackson. I looked up to the sky, but there was no way of forecasting it. It was night time; cloudy, to top it off. Got in my car and took off at dawn, like every day, like all those days when Michael Jackson has never died, of course. And all the radio stations sounded off with his songs. Actually, it was only Thriller. Everything was Thriller. "Weird, not even Billy Jean…" It was very depressing, like when you see a movie in black and white and think that all the actors are dead, so I turned off the radio. I continued looking up to the sky. The clouds went on, static, and letting their bellies be touched by the Sun that was beginning. "At least it ought to be a Gone With The Wind sky, and not this gray mess."

The thing is that it looked less and less like a regular sky as the moments went by. The light was revealing some toxic clouds with metal shards that detached in rain form. The edge of the Sun peeked out squared-shaped. Suddenly, the whole sky pixelated. The town showed up, or rather appeared, asleep as usual. The town square, with all the street lights off; and the church with the lights on. "No! That's not how it is, just the opposite," my thoughts alerted me, but I wasn't so sure anymore. My memory failed me, and I riffled through my head in the only section still whole: Black and White. A congress of empty churches with lights on assaulted me, and all of them were of… "Shush! Don't creep yourself out no more, come on, get out and get on with it."

There wasn't anyone on the street, and neither could I remember if it should be so. It took me a while to link the grumbling that grew louder with each one of my steps to the sound of the bakery's presses and the smells of the freshly made croissants, although it seemed as if the last bake load had baked a little too long; but maybe that was the normal smell of it.

Then, I saw them at the end of the alley. They were coming towards me, dirty, broken, stumbling, slowly. I could have escaped because I hadn't forgotten how to run, but the thing is… "These zombie fuckers, you gotta see how gracefully they drag their feet!"

Pepsi








Written originally by Pepsi in the forum Prosófagos. Visit the forum today!

Translated by DNAZ Franco by express permission of the author.


domingo, 3 de mayo de 2009

La cima del círculo

Arata (新) era un niño especial. Desde que era un bebé todos lo notaban: miradas persistentes a las pocas semanas de edad, fuera de lo común en los lactantes; ademanes repetitivos de pequeñas manos que no sabían todavía asir nada a propósito. Sus padres amantes asumieron con cariño todas las tareas adicionales de criar a un niño especial. Su vida escolar fue menos fácil que la del resto de sus contemporáneos, de una manera apenas más dificultosa: pocas clases adicionales de atención especial fueron requeridas, pues su comportamiento era casi normal. Su fascinación con las imperfecciones que encontraba en cualquier sitio podían consumir su atención por completo, y solo bastaba un amable recordatorio para que se enfocara en las lecciones de sus profesores, y de nuevo se tornara en cabezahueca entrañable, al igual que el resto de sus compañeros de clase. En sus momentos de ocio, durante el año escolar, recorría la casa con las yemas de los dedos hechas colibríes que exploraban todas las paredes, todos los travesaños, todos los pisos, todas las puertas, todas las ventanas, por dentro y por fuera. El jardín era un safari de exploración que sus sabios padres le reservaban para las vacaciones escolares, permitiéndole explorar palmo a palmo los rebordes irregulares de las flores y el pasto, a veces hasta ya entrada la noche. La sonrisa de felicidad en su rostro era suficiente para disipar preocupaciones por la profusión enrojecida de besos mosquiteros en su piel. Pasaron los años, pero no muchos… El hombre que hubiera sido Arata muy apenas llegó, porque el niño sonriente que disfrutaba de encontrar todo reborde áspero y toda muesca inapropiada en donde sea que posara sus manos, ese niño se negó a partir a la edad debida. Su empleo como conserje en el hospital era algo que podía manejar con toda soltura, pero estaba muy cerca de ser el límite de su capacidad mental.

Etsuko (悦子) nunca supo en qué momento preciso dejó de ser una señorita recepcionista, y se convirtió en paralítica de por vida, vía colisión en autopista. Gran amargura fue el tenor de cada segundo de los primeros días al regresar a la conciencia, y su futuro era un punto obscuro que se tragaba toda senda posible. Sin extremidades, y con un rostro que atestiguaba los pormenores de un cruel parabrisas, el porvenir quedaba reducido al momento actual: atención y cuidados profesionales, para mantener un mínimo de salubridad e higiene. Nunca habría un despertar a esta pesadilla. Nunca.

Arata conoció a Etsuko mientras cumplía sus funciones y limpiaba su habitación a diario. Docenas de días que Arata aseaba la habitación, y Etsuko finalmente notaba que, al contrario de cualquier otro visitante en su habitación, que siempre evitaban a como diera lugar mirarla, Arata siempre la admiraba con una sonrisa dibujada en su rostro amplio y curiosamente libre de arrugas en la frente. Pequeños titubeos forjaron conversaciones más allá de nimiedades cotidianas, y cuando todos sus parientes y antiguos amigos cesaron de visitar más que por obligación, Etsuko apenas si sintió un leve desasosiego. Arata llenaba todo momento de sus ratos libres con relatos llenos de detalles sobre la vida secreta de los cerezos y las flores.
—La vida es como un círculo… —trataba de explicarle a Arata, en alguna ocasión, cuando decidió ironizar cómo día a día empezaba a crear paz con su situación personal. Pero Arata negó todo con una sonrisa y meneando la cabeza una vez, con énfasis.
—No, Etsuko. Un círculo es perfecto. La vida no lo es. Pero… Aunque sea nosotros estamos en la cima del círculo.
Y por primera vez acarició el rostro arruinado, convirtiendo las lágrimas de vergüenza a diamantes con la magia de los colibríes danzantes de sus dedos, que todo lo transmutaban a belleza. Pasan años, y todavía es posible en ocasiones ver a través del ventanal del hospicio a Arata y Etsuko, sonriendo.

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domingo, 8 de febrero de 2009

Ectopic

Note: Originally posted in the forum "Prosófagos," in Spanish, by author Aureliano Babilonia. This translation has been authorized by the author.



When I hanged the x-ray film on the light-table, my two colleagues could hardly swallow again. I told them it had been the most awful freak of nature ever. That same night, we gathered and made a plan. We consulted a neurosurgeon and explained the situation. He accepted without much ado: his curiosity was as piqued as ours. There was silence; the room in tenterhooks. And afterwards, doctor? How'd it go afterwards? Well, we performed the surgery. There was another, much longer silence. And what did you do with the baby? Well, it died an hour later… But… For God's sake! Don't you realize? This is a supernatural case! His faced flushed. He made fists and shot off his chair, laughing like a loon, loudly. Two policemen came and dragged him outside, past the bemused relatives of the murdered woman. Outside, there were more than a hundred reporters. I remember the scene neatly: it was rather stifling. I never knew afterwards why they were all laughing their ass off, even those colleagues who were still waiting their turn.

Aureliano Babilonia,
Translated by DNAZ Franco

martes, 20 de noviembre de 2007

Sobre la innecesaria revelación del ser mismo



I. Sobre la innecesaria revelación del ser mismo
BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, pero te entiendo, mi cielo, y lo demás es por demás...
P.D. - Me olvidaba de decir lo más importante:
BLAH,BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH, BLAH...

(a diario, fragmentos como estos reverberan en chez François)(¿me duelen, me excitan, me llenan, me hacen menos, más, igual? después de veinte años todavía no aprendo la lección y cátedra pretendida y sigo siendo el novato perenne del amor a cachetadas, de la vida a trompicones, de la pasión a tientas, de la virilidad onanista, de la producción vana, del desliz inconcluso, de la filosofía ofuscada, del orgasmo pendiente... sigo en ciernes al mismo tiempo que estoy completo y contento... soy un descubrimiento escondido: es posible el contentamiento inconcluso y vivo como testigo principal de lo mismo...)
(se me acabó el rollo...)
II. Pero:
¿Qué se anticipa de veinte años de lo mismo, día tras día?
Ennumeremos:
Felicidad eterna.
Pasión instantanea.
Felicidad obligada.
Obligación diáfana.
Expectativas fantásticas.
Contentamiento final.
Solo el oxímoron simpático, la ironía feliz.
Paciencia, seguro que lo mejor aún se vislumbra en el horizonte del futuro...
Espera conmigo...
III. Pero, carambas:
Buscar palabras y conceptos determinantes no significa arrestar la realidad.
No significa entender nada.
Las cosas son como son, y a veces el entendimiento estorba a la felicidad...
La consigna: ser feliz o ser significativo.
Elije tú.
Yo no puedo ver más allá de mi destino inmediato y prefiero la gratificación actual que la plenitud venidera.
A la chingada con quien no entienda...
IV. Pero, además:
Son simplemente dos o tres rebanadas de un aliento cuando pienso esto, mientras que en el bulto total del día bendigo tu nombre, tu piel, tu cabello, tu sonrisa, tus desaires, tu entusiasmo, tu optimismo, tu abatimiento, tus hijos, tus sienes, tú toda, y yo junto a ti, tan solo observando, absorbiendo, nutriéndome de lo que haya para mí, si algo quedara al final del día...
Qué otro significado podría tener el compartir TODA la vida con alguien, a veces me pregunto, sin saber si necesito ayuda, o al menos si necesito perdón...

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