domingo, 18 de agosto de 2013

Apología: Mister N

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Dice en la nota del autor: «Cuando escribí este cuento, era para mis niños y bla bla bla…».

Bien, es cierto que la primera parte de este libro lo escribí con mis hijos en mente. Pero desde esos entonces, ya había estado pensando en incluir conceptos que me rondaban en la cabeza sobre la epistemología, el existencialismo, la burocracia y el escepticismo, por mencionar unos pocos. También en esos entonces había estado leyendo sobre la teoría de Miguel Alcubierre sobre el viaje más rápido que la luz con propulsión warp, sobre la paradoja de Einstein-Podolsky-Rosen y sobre la energía de punto-cero. Obvio, que muchos de estos conceptos quedaron incrustados en este cuento que se supone era para niños.

También, desde la primera parte ya estaba ensayando un poco en escribir una narrativa fracturada entre el presente y el pasado. Esta estructura me inspiró a llevarla a sus extremos en la segunda parte, El viaje en Trineo. Consta de tres secciones bien definidas: el pasado muy lejano, de hace más de diez mil años, que cuenta la tragedia de los Espacialeros y el papel que el Trineo jugó en ese desastre; el pasado en la vida de Niklavs, en el cuarto siglo de nuestra era; y los raros sucesos de este último año en curso. Fue necesario contar las tres tramas al mismo tiempo para evitar desvelar demasiado pronto algunos puntos importantes que dan mayor peso al nudo dramático, y que colocan al desenlace como una posibilidad congruente con el resto del relato.

Los temas subyacentes de la historia son varios y muchos de ellos complejos, que requerirían ensayos completos para desarrollar el tema plenamente. El reto era incluirlos en un relato «para niños» de la manera más natural posible. Por ejemplo, el lector debería llegar a entender que la comuna de androides alienígenas, los El!kves, sirven de alegoría de la experiencia humana actual en las sociedades occidentales modernas. Trabajan sin cesar, obedecen a una autoridad que no les queda claro en absoluto si tiene sus mejores intereses en mente y que no es fácil de identificar, y pasan los días con la única esperanza de alcanzar el siguiente orgasmo. Van de distracción en distracción, realizando labores nimias, inundados de un desasosiego por no conocer su propósito real en la vida, sin siquiera poder articular estos pensamientos para sí mismos. Su tragedia mayor es que no son sino el reflejo de la personalidad de Niklavs, y su ansiedad por no saber sus orígenes ni su destino proviene de las inquietudes comunes de un ser humano. Niklavs se ha convertido en el ícono de su angst, pero en lugar de deificarlo, lo han convertido en mera mascota.

¿Qué decir sobre Niklavs? En esta novela me esforcé por lograr humanizarlo, sobre todo al reducir los milagros por los que es famoso a una talla más prosaica y menos divina. Era importante mostrar que, a pesar de que todos esos milagros que se le adjudican se han reducido a sucesos verosímiles, Niklavs tuvo esos logros por decisión propia y porque sus intenciones eran nobles. Creo yo que una vez despojado de ese manto de misticismo, es posible ver a Niklavs como un héroe mayor que cualquier santo. Es con ese personaje con el que más exploré los conceptos del existencialismo y el humanismo, sin olvidar ni un momento que Niklavs sí operaba desde un punto de vista religioso y de fe.

También exploré en esta novela el concepto de la persistencia de la memoria, y cómo define la creencia de que los humanos son más que la simple suma de sus partes: cada humano existe en la intersección de sus memorias con la realidad. Una versión simplificada de este concepto es el surgimiento del Transporte como entidad nacida de la concatenación de agentes emergentes en sus procesos computacionales. Me parece que la cognición, una vez alcanzado cierto nivel de complejidad, invariablemente conduce a la conciencia.

Existen todavía otros cuantos temas esotéricos que intento explorar con esta novela, pero lo más importante para mí, como escritor, era crear un texto ágil y divertido, que hiciera a los lectores perdonarme por tanto meningitismo pretencioso. Creo haberlo logrado, hasta cierto grado. Como despedida, les voy a revelar un «huevo de pascua virtual» sobre la novela. McCammy, el «PiratElfo», a pesar de ser tan chocante y nunca cooperar con el resto de la comuna, tiene uno de los mayores rangos. El número uno es McElroy, el líder. El dos es McColm, jefe de seguridad. El cuatro es McEnnis, el chef. Pero McCammy, el grosero, es el número tres. ¿Qué trabajo tiene en la comuna? La única pista sobre esto aparece en la segunda parte de la novela.

Respuesta: McCammy es… ¡el adjunto de seguridad! Háganme el favor… A buen árbol se arriman los pobres elfos.

D

viernes, 9 de agosto de 2013

Primera reseña para «Mister N»

El autor Manuel Navarro Seva tiene un don especial: sabe dilucidar el meollo del asunto. Sin más, es una aptitud que personas como yo no tenemos. Muchos nos andamos por las ramas y nos distraemos con las apariencias.

En la reseña que Boris Rudeiko (seudónimo de Mister Navarro) hizo de Mister N, nos pregunta si el libro es para niños. «Sí y no», contesta. Fabuloso, porque es exactamente así: es un libro para todos los niños, sin importar su edad o qué tan adentro de los años vividos exista dicho niño dentro de uno.

Los invito a que pasen por el blog de Boris Rudeiko, para que puedan leer la reseña completa.

D

domingo, 4 de agosto de 2013

«Cuentos bajo el fuego», de Edgardo Benítez


Cuentos bajo el fuego, de Edgardo Benítez

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Fue una muy grata sorpresa leer este libro de Edgardo, que conocí en foros literarios primero y luego en las redes sociales. Digo que sorpresa porque yo anticipaba un libro de relatos similares a los que recordaba haber leído antes con su firma, pero no en vano han pasado los años, y las cualidades innatas de escritor han florecido en ramilletes fragantes y de colores vivos, mientras que las ocasionales transgresiones contra la santa RAE se disuelven en el fondo del lago del olvido.

Para comenzar, debo confesar que no estoy de acuerdo con el prólogo. Comprendo que es una apreciación personal de la autora del prólogo, pero su comentario me predispuso a pasar por los cuentos con una actitud distinta a la que se asentó en mí al final de la lectura: mientras que el prólogo me aconsejó a pasar por cuentos rebosantes de imaginación extravagante, la realidad de la lectura me dejo felizmente atónito ante cuán cerebral resultó la experiencia completa.

Hubo dos indicaciones de cuánto disfruté de este libro. Para comenzar, hoy en la mañana me disponía a dormir (trabajo de noche), cuando pensé en hojear el libro de Edgardo. Vi el índice y pensé que me tardaría unos días en leer veintiún cuentos. Pero media hora después maldecía mi suerte, porque setenta y pico páginas se me hicieron pocas. A falta de más, tuve que leer de nuevo los cuentos que más me gustaron. No voy a comentar uno por uno aquí, pero quiero dejar constancia de que, cuando finalmente concilié el sueño, la cebra insistía en apoderarse del edredón.

La segunda indicación de que me gustó este libro es algo menos personal, pero más subjetivo. Cuando puedo hacer comparaciones con los íconos culturales modernos, quiere decir que algo me gusta… Claro, a menos que esté siendo irónico, pero no es el caso aquí. Recuerdo que Stephen King escribió sobre su libro Pesadillas y alucinaciones (Nightmares & Dreamscapes) que en su familia se hicieron un reto para que cada uno de ellos eligiera una ilustración que inspirara un cuento. Bueno, todo lo contrario me sucedió con los cuentos de Edgardo: sus cuentos me rellenaron las meninges de imágenes estrafalarias, que entre más incoherentes y descabelladas, más se parecían a mi vida personal.

Las imágenes bonitas que Edgardo me pintó en las sienes se parecen más bien a las vidas ajenas…

D

sábado, 3 de agosto de 2013

«Nevsky Prospekt», de Manuel Navarro Seva


Nevsky Prospekt, de Manuel Navarro Seva

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No me gustan las autobiografías. Siempre me parecen trabajos de ficción con aspiraciones a melodramas televisivos. Me parece que siempre tienen motivos ulteriores, y por eso me imagino que solo dicen la mitad de lo que sucedió en realidad y se inventan la otra mitad, dando como resultado que en realidad no existe semejante autobiografía, sino solo alguna caricatura de mal gusto.

Tampoco me gustan los libros de viajes. La perspectiva general es el comercialismo y la ostentación, ya sea al pregonar los sitios turísticos de más alcurnia o los ardides más descabellados para recorrer continentes completos en el menor tiempo posible y de la manera más económica posible, y poder presumir de ello, sea lo primero o lo último.

Lo curioso es que este libro sí me gusta, con todo y que es autobiografía y libro de viaje, con sabor a relato corto. El autor tiene razón al dudar si es una novela o no, porque no lo es, en el sentido más estricto de las definiciones literarias: es demasiado verosímil y personal como para que se le considere ficción. No obstante, las divagaciones personales y las descripciones casi monográficas de St. Pete son demasiado caprichosas como para ser útiles como simples guías para viajeros. Es entonces esa cualidad iconoclasta que se engulle al lector completo, casi sin su consentimiento.

Los que hemos tenido la suerte de conocer a Manuel Navarro Seva en foros literarios, sabemos del estilo peculiar y envidiable de sus textos, que saben existir completamente en el presente, y de su ojo microscópico para los detalles cotidianos que a muchos se nos escabullen fugaces en la memoria. Esos cuentos siempre me dieron la impresión de ser un estilo de ensayo existencial al mismo tiempo de impartir lecciones morales de contrabando, de manera subliminal, casi.

Lo que más me impresiona es la manera sutil y casi desenfadada con la que Manuel puede transmitir ese abismo de soledad de quien ha sido desarraigado de sus pagos queridos y transplantado por completo a sitios desconocidos, sin siquiera el consuelo de un lenguaje común para amainar la inevitable murria por patria y hogar. Como lector, uno vive y sufre esos largos meses junto al narrador, sin dificultarse en lo absoluto proyectar los propios miedos y ansiedades por lo desconocido en las letras de Manuel.

Quizá algún lector se sienta insatisfecho de no encontrar sucesos tremebundos o trascendentales, o un desenlace a ritmo de Micheal Bay. Pero quiero decirle a esos lectores que, al igual que un viaje verdadero, lo más importante de este libro es el trayecto recorrido al lado de Manuel, y el destino final es solo otro punto en el itinerario.

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