sábado, 3 de agosto de 2013

«Nevsky Prospekt», de Manuel Navarro Seva


Nevsky Prospekt, de Manuel Navarro Seva

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No me gustan las autobiografías. Siempre me parecen trabajos de ficción con aspiraciones a melodramas televisivos. Me parece que siempre tienen motivos ulteriores, y por eso me imagino que solo dicen la mitad de lo que sucedió en realidad y se inventan la otra mitad, dando como resultado que en realidad no existe semejante autobiografía, sino solo alguna caricatura de mal gusto.

Tampoco me gustan los libros de viajes. La perspectiva general es el comercialismo y la ostentación, ya sea al pregonar los sitios turísticos de más alcurnia o los ardides más descabellados para recorrer continentes completos en el menor tiempo posible y de la manera más económica posible, y poder presumir de ello, sea lo primero o lo último.

Lo curioso es que este libro sí me gusta, con todo y que es autobiografía y libro de viaje, con sabor a relato corto. El autor tiene razón al dudar si es una novela o no, porque no lo es, en el sentido más estricto de las definiciones literarias: es demasiado verosímil y personal como para que se le considere ficción. No obstante, las divagaciones personales y las descripciones casi monográficas de St. Pete son demasiado caprichosas como para ser útiles como simples guías para viajeros. Es entonces esa cualidad iconoclasta que se engulle al lector completo, casi sin su consentimiento.

Los que hemos tenido la suerte de conocer a Manuel Navarro Seva en foros literarios, sabemos del estilo peculiar y envidiable de sus textos, que saben existir completamente en el presente, y de su ojo microscópico para los detalles cotidianos que a muchos se nos escabullen fugaces en la memoria. Esos cuentos siempre me dieron la impresión de ser un estilo de ensayo existencial al mismo tiempo de impartir lecciones morales de contrabando, de manera subliminal, casi.

Lo que más me impresiona es la manera sutil y casi desenfadada con la que Manuel puede transmitir ese abismo de soledad de quien ha sido desarraigado de sus pagos queridos y transplantado por completo a sitios desconocidos, sin siquiera el consuelo de un lenguaje común para amainar la inevitable murria por patria y hogar. Como lector, uno vive y sufre esos largos meses junto al narrador, sin dificultarse en lo absoluto proyectar los propios miedos y ansiedades por lo desconocido en las letras de Manuel.

Quizá algún lector se sienta insatisfecho de no encontrar sucesos tremebundos o trascendentales, o un desenlace a ritmo de Micheal Bay. Pero quiero decirle a esos lectores que, al igual que un viaje verdadero, lo más importante de este libro es el trayecto recorrido al lado de Manuel, y el destino final es solo otro punto en el itinerario.

D

2 comentarios:

Boris Rudeiko dijo...

He leído varias veces tu reseña y la he paseado por las redes sociales, orgulloso de que un escritor como tú diga lo que dices de mí y de mi libro.
Muchísimas gracias.
Un abrazo.
Boris

Daniel A. Franco dijo...

Al contrario, Mister M, gracias por habernos compartido ese año de dificultades y soledad, porque no solo conocimos un poco de St. Pete y de ti, sino también aprendimos un poco de nosotros mismos al leerte.

Saludos

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