lunes, 9 de septiembre de 2013

«Hondo vacío», de Fernando Castellano Ardiles

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Confieso que me choca un poco cuando alguien describe un texto como «cinematográfico». Hágame el bendito favor: ¿a qué se refiere? Lo digo porque para mí algo cinematográfico es lo que tiene descripciones toscas y diálogos melodramáticos, y que solo sabe demostrar sensibilidad en lo visual.

No, yo opino que textos como el de esta novela no son cinematográficos, sino que son ágiles y solo conducen a la meditación hasta haber recorrido a paso raudo el sendero delimitado por el autor. Uno se afianza al protagonista y al antagonista y realiza la travesía narrada de principio a fin. Es al recordar lo leído que uno tiene tiempo para pensar con deliberación dónde se conectaron las letras leídas con el alma propia.

Al señor Castellano lo he conocido desde hace tiempo en foros literarios y en blogs. En mi opinión, sus textos siempre tienen un dejo de mexicanismo, aunque en tiempos más recientes haya adoptado un español más internacional. Junto con esa idiosincrasia al relatar las cosas, Castellano también tiene la facilidad de narrar desde un punto de vista…, digamos que «inocente», por no saber describirlo mejor. Es difícil para muchos autores no contaminarse a sí mismos con el conocimiento previo de lo sucedido y lo venidero en su propio relato, y siempre se les nota un aire de superioridad o de jactancia al revelar los hechos pertinentes a la trama. Fernando no lo hace así, sino que pareciera que hasta a él mismo lo sorprenden y emocionan las revelaciones de su propia novela.

De los detalles que más disfruté de esta novela, está la idea –que comparto y hasta he escrito al respecto en mis propios cuentos— de que la educación escolar tradicional es deficiente en su aplicación, y abandona a la individualidad de los pupilos. Me gusta también el concepto general de la novela, de que nadie sabe a dónde va si no conoce de dónde viene. Hay hondos vacíos en el alma y, aunque muchos nunca sanen, la única manera de alcanzar la plenitud en la vida es a través del contacto humano, y del afecto que se da y se recibe. Para mí, esto último es lo mejor que se puede aprender de la novela Hondo vacío.

D

2 comentarios:

Fernando Castellano Ardiles dijo...

Muy buena reseña, D.

Gracias, amigo.

Daniel A. Franco dijo...

A la orden, Fernando. Un placer la lectura.
D

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