jueves, 27 de agosto de 2015

Sin título: Capítulo 1: La perpendicular del vacío

—Le repito que no fue un sueño, fue una revelación.

—Y yo le repito que es imposible.

—Pero no, profesor. Mire, si los conjuntos de Mandelbrot representan la conjugación de números enteros con imaginarios dentro de parámetros limitados, ¿por qué no puede haber fractales de conjuntos infinitos?

—Porque así funcionan las matemáticas. Así está hecho el universo. Punto final.

—Pero le digo que vi…

—No me interesa. Es más, en mi opinión Mandelbrot solo descubrió una curiosidad y nada más. Aparte, usted no está en ninguna de mis clases de Cálculo. Así que sugiero que estudie Matemáticas por unos cuantos años y, cuando obtenga su doctorado, entonces sabrá por qué es imposible lo que me plantea. Y la próxima vez que se le ocurra experimentar con la lisérgica sería mejor que vaya a molestar a su profesor de Filosofía con sus sandeces. Buenos días, con permiso.

—¡Profesor!

En vano Pablo le dirigió la palabra al profesor Morales, que ya se alejaba apresurado. Pablo Rincón, estudiante de primer semestre en la carrera de Filología, decidió faltar a clases ese día e irse a la biblioteca para buscar cuanto libro existiera en referencia a los números fractales. Estaba convencido de que allí encontraría alguna pista para llegar a entender la visión que tuvo la noche anterior.

En vano Pablo buscó. Cada noche, durante el momento del sueño más profundo, se sentía volver a la lucidez y de nuevo le sobrecogía la revelación. Era una turbulencia de sensaciones que trascendía más allá de lo que cualquier humano pudiera captar con los veintidós sentidos corporales. Era indescifrable e inefable. Era una experiencia hermética incomprensible, pero irrefutable. La aceptó como la única verdad en la existencia. Se la pasaba en la biblioteca en lugar de ir a clases, y en corto tiempo reprobó todas las materias por haber estado ausente desde la primera noche de la revelación. Cuando lo echaron de la Universidad, en lugar de regresar a su hogar, comenzó a dormir a la intemperie. De día buscaba bibliotecas para intentar hallar más información. Hacía apuntes en servilletas usadas y al margen de periódicos usados. Comía cuando recordaba qué era el hambre.

Unas cuantas semanas después, la policía encontró su cuerpo demacrado y pestilente acurrucado debajo de un puente peatonal. Sin poder identificar el cadáver, se registró como «desconocido» en el acta de defunción y se depositó en la fosa común del condado. Entre sus pocas pertenencias se hallaron fajos grandes de papeles sueltos, atados con sogas decrépitas. Supusieron que el desconocido juntaba papel para venderlo a las plantas de reciclaje y ganarse unos centavos. Muchos vagabundos acostumbran hacerlo así. Las notas de Pablo se fueron al incinerador sin que nadie las leyera nunca, y en cenizas terminaron las pistas de la verdadera naturaleza de la vida y de la conciencia.


—Te lo dije: esta especie no podrá entenderlo jamás.

—La configuración sináptica adecuada ha ido apareciendo más a menudo, ahora que la población humana ha alcanzado un crecimiento parabólico. Me gustaría seguir intentando establecer contacto, antes de que alcancen el punto de extinción repentina.

—Adelante, pero pierdes tu tiempo. Siempre terminarán dementes. Es demasiado para ellos. Nunca lo van a soportar.

Mientras que su compañero se prepara para intentar una nueva inoculación, él dirige sus poderosos dimensioscopios a una sección distinta de su diagrama fractal infinito, dibujado con tinta de estrellas.


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