martes, 6 de septiembre de 2011

Vestigio


Ayer volví a sentir la caricia que dejaba la estela del tren al que siempre le pedía un deseo cuando pasaba y sospeché que siempre eso me sería negado, que ninguna ilusión se me cumpliría, que aun satisfecha toda añoranza mañana se me antojaría de nuevo…

Y es que uno despierta y tiene la sensación de que el día se hincha con la posibilidad de novedades, aunque en secreto el alma diga a regañadientes que no es así, que todo lo vivido se recicla como indigestión, como si la vida fuera un bocado rancio que le forzan a uno a tragar cuando apenas da la primera bocanada de aire afuera del útero, y uno se ve forzado a regurgitarlo y reingerirlo vez tras vez. Las mismas sensaciones día tras día: a veces disfrazadas con matices sutiles, pero que siempre se resumen a los cinco sentidos: olores, sabores, imágenes, sonidos… y la piel, como alguna especie de idiota que ignora lo sutil y resiente lo intenso.

Amnesia anterógrada. Palabrejas sin sentido que dijo el médico que acabo de conocer, que me atiende cada mes, según él, y que diligente revisa que las cicatrices en la nuca me estén sanando bien. Me cuenta que algún malnacido decidió arrojar una botella vacía mientras pasaba el tren junto a mí y yo volteaba para ver pasar la locomotora al frente, como era mi costumbre…

Me cuenta el doctor que nunca más tendré memorias nuevas, y que mi límite es más o menos veinte horas antes de que alguna sensación haga a mi cuerpo desprenderse de los nuevos recuerdos. En mi mente solo reside el vestigio del hombre que yo era hasta el momento del accidente, que para mí siempre es apenas ayer. Pero aunque sea hay una brisa agradable aquí. Una brisa…

Ayer volví a sentir la caricia que dejaba la estela del tren al que siempre le pedía un deseo cuando pasaba…

D

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