lunes, 29 de julio de 2013

«Del Miedo y otras Islas: Certezas», de Esther González

«Del Miedo y otras Islas: Certezas», de Esther González


Este es un cuento bastante interesante. No es común ver en los cuentos cortos este estilo de acercamiento, que denomino «cronología asimétrica», y que tiene una perspectiva múltiple. El narrador no es el chocante omnisciente de tantos cuentos inferiores que insisten de manera histérica en relatar todo pormenor y detalle, sino se reduce a un simple testigo de los hechos, sin condescender ni un instante a ofrecer sus opiniones, aunque en ocasiones parezcan adivinarse de cualquier manera. El enfoque cambia en cada sección, ora el narrador, ora alguno de los personajes, y el laborioso transcurrir de la vida de los protagonistas, segundo a segundo, queda a cargo del lector.
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Para comenzar, me agradó bastante que hubiera «efectos especiales», al estilo de las publicaciones modernas, como las de Stephen King, ya que el cuento comienza con una imagen literal: el mensaje escrito en la arena. De nuevo sale a relucir la gran labor de diseño gráfico evidenciada en la publicación. También es interesante ver que en muy contadas ocasiones sale a relucir algún regionalismo, aunque muy leve, ya que el texto está escrito en español internacional, en su mayor parte. Por ejemplo, dice al comienzo que la protagonista giró para mirar al mar y vio «del revés» el mensaje, aunque lo más común es que uno dijera que «al revés».

Irónicamente, Esther es autora de muy buenos artículos sobre el uso correcto de las comas, publicados en la revista literaria Prosofagia. Hay algunas instancias en las que estoy seguro de que, acompañados de café (o mate), podríamos discutirlas por horas, sin llegar a convencer ni convencerse del punto de vista ajeno… Ni del propio. Solo encontré una de las temidas comas obligatorias faltante, y se lo dejo de tarea a los tan avezados lectores de este libro.

Este no es un cuento feliz. No es de los tan populares de reafirmación de la esperanza en la vida, ni nada así sensiblero, o de unicornios y arcoírises. Las certezas que nos presentan en el texto son las que agobian al alma que habita en soledad y en desesperanza, y que muchas veces llegamos a cobijarnos con ellas como último recurso o refugio ante el pozo negro y profundo de la incertidumbre del futuro. Del miedo, toda su presencia se deja sentir en cada una de las escenas que integran el cuento: el miedo a las repercusiones sociales, el miedo al rechazo, el miedo a la aceptación… Es el último el mayor de ellos, que a muchos nos impide pasar a la luz.

D

2 comentarios:

Esther dijo...

Me gusta la expresión "cronología asimétrica". Me gusta, también, escribir cuentos a puro fragmento… No sé si eso dice que mis redes neuronales están fragmentadas o si se trata de el uso cotidiano de los enfoques analíticos ☺☺☺. Pero que sudé tinta en este caso… sudé tinta. El incluir distintos narradores, y con variaciones importantes entre ellos, fue lo que más me costó. Incluso uno de los fragmentos apareció y desapareció del cuento reiteradas veces. Ni te cuento la tendencia a "hablar en argentino", que me persigue en la primera persona, pero resultaría demasiado notorio en estas islas, ¿no es así? Por supuesto, "los efectos especiales" son obra de pepsi, ¡ni qué decirlo!

Una de las certezas que tengo con el miedo es que las certezas tienen que ver, muchas veces, con el miedo. Digo, el miedo puede llevarnos a dudar, pero la duda, en sí misma, es una forma de libertad. Implica que nos damos la libertad de elegir entre dos o más opciones. La certeza es la oclusión de esa libertad. Y de allí que creo que puede ser que la certeza sea una forma de esconder el miedo interior, de no visibilizarlo, de dejarlo que se infecte y se vuelva purulento. Obvio, no estoy diciendo que sea una regla general, ¿eh? Para nada. De hecho, la relación entre la certeza y el miedo es distinta en distintos personajes del cuento.

Te confieso que el no caer en la profusión de detalles y opiniones tiene un poco que ver con el límite de palabras del relato… Y con las etapas de corrección. Y con lo aprendido en estos años. Cuando empecé a escribir quería contar todo de todo y de todos. Todavía quiero, a fuer de ser sincera, pero meto tijeras y más tijeras.

¿Las comas? Ah, ah, ah… ¿Me dirás cuál es la que falta? Ja, pregunta retórica, sé que no lo harás. La encontraré, si es que realmente falta (sabés que no te creeré hasta peinar con peine finísimo el relato, discutimos, discutimos, siempre, siempre) y en ese caso vendré a decírtelo con un ¡gracias! Un gracias triste, porque el libro está ya publicado, pero también alegre, en el sentido que nunca es tarde para aprender (e intentar no tropezar otra vez con la misma piedra ☺☺☺).

Guardaré esta reseña tuya con mucho cuidado, Daniel. ¡Me encantó!

Abrazos!

Daniel A. Franco dijo...

Gracias por haber escrito este cuento, Esther.

Saludos,
D

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